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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.6

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Pese a su juventud, los católicos le consideraban jefe de su partido, mientras que lo s hugonotes reconocían como jefe del suyo a Enrique de Navarra, cuyo retrato se acaba de esbozar.
Comenzó usando el título de príncipe de Joinville, habiendo hecho sus primeras armas en el sitio de Orleáns, al lado de su padre, que murió en sus brazos acusando al almirante Coligny de ser su asesino. Entonces, el joven duque hizo, como Annibal, un solemne juramento: vengar la muerte de su padre en la persona del almirante o en la de algún miembro de su familia, y perseguir a los de su religión sin tregua ni reposo, prometiendo a Dios convertirse en su ángel exterminador sobre la tierra hasta concluir con el último hereje. Por fuerza había de producir gran asombro el ver a este príncipe, siempre tan fiel a su palabra, estrechar la mano de quienes juró ser enemigo mortal y charlar amistosamen te con el yerno de aquél a quien, ante su padre agonizante, prometió dar muerte.
Pero, como ya hemos dicho, ésta era la noche de las sorpresas. El observador privilegiado, que hubiese podido asistir a la fiesta provisto de ese conocimiento del porvenir del que por fortuna carecen los hombres y de esa facultad de leer en los corazones que, por desdicha, solo pertenece a Dios, habría gozado sin duda del más curioso espectáculo que ofrecen los anales de la triste comedia humana.
Este observador, que faltaba en las galerías interio res del Louvre, continuaba en la calle, mirando con ojos llameantes y rugiendo con voz amenazadora: este observador era el pueblo, quien, con su instinto maravilloso agudizado por el odio, seguía desde lejos el ir y venir de las sombras de sus enemigos implacables, deduciendo sus pasiones tan claramente como pueda hacerlo un espectador situado ante las ventanas de un salón de baile en el que no puede entrar. La música embriaga y marca el compás al bailarín, mientras que el espectador de fuera, como no la oye y tan sólo advierte el movimiento, ríe de ese muñeco que parece agitarse caprichosamente.
La música que embriagaba a los hugonotes era la voz de su orgullo. Aquellas luminarias que a media no­che veían los parisienses eran los relámpagos de su odio que iluminaban el porvenir. Sin embargo, todo reía en el interior del Louvre, y ahora un murmullo más dulce y halagador que nunca se dejó sentir: la joven desposada, después de quitarse su t raje de boda, su manto y su largo velo, acababa de entrar en el salón de baile, acompañada por la hermosa duquesa de Nevers, su mejor amiga, y conducida por su hermano Carlos IX, que la presentaba a sus principales invitados.


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