La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.5
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El duque de Anjou recibía de los propios hugonotes alabanzas muy merecidas con motivo de las dos batallas de Jarnac y de Montcontour, que supo ganar cuando todavía no había cumplido los dieciocho años, siendo en esto más precoz que César y Alejandro, a quienes se les comparaba, cuidando muy bien de situar en un plano in ferior a los vencedores de Issus y de Farsalia. El duque de Alençon veía todo esto con su mirada seductora y falsa. La reina Catalina, resplandeciente de alegría, hecha una dulzura, felicitaba al príncipe Enrique de Condé por su reciente matrimonio con María de Cleves. En fin, hasta los señores de Guisa sonreían a los seculares enemigos de su casa, y el duque de Mayenne conversaba con el señor de Tavannes y el almirante sobre la próxima guerra que, ahora más que nunca, era llegado el momento de declarar a Felipe II.
Por en medio de los grupos iba y venía, con la cabeza ligeramente ladeada y el oído at ento a todas las conversaciones, un joven barbilampiño de dieciocho años, de in teligente mirada, cabello negro muy corto, cejas espesas, nariz aguileña y sonrisa maliciosa. Este joven, que tan sólo se había distinguido en el combate de Arnay-leDuc, donde expuso valientemente su vida, y que ahora recibía múltiples felicitaciones, era el alumno preferido de Coligny y el héroe del día. Tres meses antes, es decir, cuando todavía su madre no había muerto, le llamaban príncipe de Bearne; ahora era rey de Navar ra, hasta tanto no fuese Enrique
IV.
De vez en cuando, una nube sombría y rápida cruzaba por su frente; sin duda recordaba que hacía apenas dos meses que su madre había muerto y que él era quien menos podía dudar que había sido envenenada, pero la nube debía ser pasajera, puesto que desaparecía como una sombra flotante; precisamente quienes le dirigían la palabra, le felicitaban y se codeaban con él, eran los mismos que habían asesinado a la valiente Juana de Albret.
A pocos pasos del rey de Navarra, casi tan pensativo y preocupado como alegre y expansivo aparentaba estar el rey, el joven duque de Guisa conversaba con Teligny. Más afortunado que el bearnés, su fama, a los veintidós años, era casi tan grande como la de su padre, el gran Francisco de Guisa. Era un distinguido mozo, de elevada estatura, de mirada altiva y orgullosa y do tado de tan natural majestuosidad, que a su paso los demás príncipes parecían plebeyos.
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