La hermosa vampirizada (Alejandro Dumas) - pág.32
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Le referí todos los detalles de la fantástica historia, pero ella me escuchó, como ya me escuchara Gregoriska, sin mostrar estupor ni espanto. "Edvige", me contestó ella después de un instante de silencio, "por muy extraño que sea lo que me habéis narrado, dijisteis sólo la verdad. La estirpe de los Brankovan está maldita hasta la tercera y cuarta generación, porque un Brankovan mató a un sacerdote. El término de la maldición ha llegado, pues vos, aunque esposa, sois virgen, y en mí se extingue el linaje. Si mi hijo os ha dejado en herencia un millón, tomadlo. Después de mi muerte, salvo los píos legados que tengo la intención de hacer, recibiréis el resto de mis bienes. Y ahora seguid el consejo de vuestro esposo. Volveos lo más presto que podáis a aquellas tierras donde Dios no permite se cumplan tan horrendos prodigios. No necesito de nadie para llorar conmigo a mis hijos. Mi dolor quiere soledad. Adiós, no me tengáis ya en cuenta. Mi suerte futura me pertenece a mí sola y a Dios".
Y luego de besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de Brankovan.
Ocho días después partí para Francia. Como lo esperara Gregoriska, mis noches no fueran turbadas ya por el terrible fantasma. Restablecióse mi salud, y de aquel suceso no me quedó otro recuerdo fuera de esta palidez mortal que suele acompañar hasta la tumba a toda humana criatura que haya sufrido el beso de un vampiro.
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