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La hermosa vampirizada (Alejandro Dumas) - pág.28

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Armados de vuestra inocencia y defendidos por Su justicia, venceréis al demonio. Id, y benditos seáis".
Besamos los libros santos y salimos de la capilla. Entonces por vez primera me apoyé en el brazo de Gregoriska, y parecióme que al contacto de aquel fuerte brazo, de aquel noble corazón, volvía a mis venas la vida. Estaba segura del triunfo, porque Gregoriska estaba conmigo; subimos a mi cámara. Sonaban las ocho y media.
"Edvige", me dijo entonces Gregoriska "no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormir, como de costumbre, para que todo suceda durante tu sueño, o bien permanecer desvelada y verlo todo?" "Junto a ti nada temo: quiero permanecer despierta y verlo todo."
Gregoriska extrajo de su pecho un boj bendito, húmedo aún de agua santa, y me lo dio: "Toma entonces esta ramita", me dijo, "acuéstate en tu lecho, recita las preces de la Virgen y aguarda sin temor. Dios está con nosotros. Cuida ante todo de no dejar caer la ramita; con ella podrás ordenar aun en el infierno. No me llames, no des ningún grito; reza, confía y aguarda".
Me acosté en el lecho. Crucé las manos sobre el seno, y puse sobre él la ramita bendecida. Gregoriska ocultóse tras del trono de que ya os hablé. Contaba yo los minutos, y de seguro mi esposo hacía lo mismo. Sonaron los tres cuartos. Vibraba aún el tañir del martillo, cuando me sentí presa del mismo entorpecimiento, del mismo terror y del mismo frío glacial de los días precedentes; acerqué a mis labios la rama bendita, y aquella primera sensación se desvaneció. Oí entonces muy claro el ruido de aquel conocido paso lento y medido que subía los peldaños de la escalera, y se aproximaba a la puerta. Luego la puerta se abrió despaciosamente, sin ruido, como empujada por sobrenatural fuerza, y entonces...
La voz se apagó a medias, casi sofocada en la garganta de la narradora.
Y entonces, continuó haciendo un esfuerzo, vi a Kostaki, pálido como se me apareciera en las parihuelas; los largos cabellos negros, cayéndole sobre las espaldas, goteaban sangre; vestía como de costumbre, pero tenía descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo estaba muerto, todo era cadáver...carne, ropas, porte... solamente los ojos, aquellos terribles ojos, estaban vivos.
Ante aquella aparición, ¡extraño es decirlo!, en vez de sentir duplicárseme el espanto, sentí crecerme el valor.


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