La hermosa vampirizada (Alejandro Dumas) - pág.26
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Decidme, decídmelo todo, os lo encarezco."
Se lo narré todo: la extraña alucinación que me poseía a la hora en que Kostaki debió morir; ese terror, ese letargo, ese frío glacial, esa postración que me hacía caer de espaldas sobre el lecho, ese ruido de pasos que me parecía oír, esa puerta que creía ver abrirse, y finalmente ese agudo dolor en el cuello seguido de una palidez y de una debilidad siempre crecientes. Creía yo que mi relato parecería a Gregoriska un comienzo de locura, y lo terminaba con una cierta timidez, cuando por el contrario advertí que me prestaba gran atención.
Cuando hube terminado de hablar, Gregoriska reflexionó un instante. "¿De manera -preguntó él- que os dormís cada noche a las nueve menos cuarto?" "Sí, por muchos que sean los esfuerzos que hago para resistir al sueño." "¿Y a esa misma hora creéis ver abrirse la puerta?" "Sí, aunque eche el cerrojo." ¿Y luego experimentáis un agudo dolor en el cuello?" "Sí, aunque sea apenas visible la señal de la herida". ¿Me permitís ver?" Doblé la cabeza hacia atrás. Examinó él la cicatriz. "Edvige -dijo Gregoriska después de un momento de reflexión-, ¿tenéis confianza en mí?" "¿Me lo preguntáis?", contesté. "¿Creéis en mi palabra?" "Como creo en el Evangelio." "¡Bien! Edvige, por mi fe, os juro que no tenéis ocho días de vida, si no consentís hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros." "¿Y si consiento?" "Si consentís, quizás os salvéis." "¿Quizás? Él se calló. "Suceda lo que fuere, Gregoriska", continué diciendo yo "haré cuanto me ordenéis hacer". "Escuchad entonces", dijo él. "y ante todo no os espantéis. En vuestro país, como en Hungría y en nuestra Rumania, existe una tradición". Temblé "porque esa tradición ya había vuelto a mi memoria". "¡Ah! ¿Sabéis lo que quiero decir?" "Sí", contesté, "en Polonia vi algunas personas padecer el horrendo hecho". "Queréis hablar del vampiro, ¿no es verdad?" "Sí, niña aún, me sucedió ver desenterrar en el cementerio de una aldea perteneciente a mi padre cuarenta personas muertas en quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar con la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron todos los signos de vampirismo, es decir fueron encontrados frescos como si hubieran estado vivos; los otros eran sus víctimas". "¿Y qué se hizo para liberar de eso a la región?" "Se les clavó un palo en el corazón, y luego los quemaron.
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