La hermosa vampirizada (Alejandro Dumas) - pág.20
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Las dos primeras partes de estas órdenes fueron estrictamente ejecutadas. Smeranda se puso en su lugar, Gregoriska se sentó a su diestra, yo a su siniestra. Después los servidores salieron para cumplir la tercera parte de las órdenes, es decir para cerrar las puertas del castillo. En ese momento mismo se escuchó un gran estrépito en el patio, y un servidor entró espantado diciendo:
"Princesa, ha entrado en este instante al patio el caballo del conde Kostaki, solo y por entero cubierto de sangre". "¡Oh!", murmuró Smeranda levantándose pálida y amenazadora; "de tal modo volvió una noche al castillo el caballo de su padre".
Dirigió una mirada a Gregoriska, no estaba pálido ya, estaba lívido. El caballo del conde Koproli, en efecto, había regresado una noche al castillo todo manchado de sangre, y una hora después los servidores encontraron y trajeron el cuerpo del amo cubierto de heridas. Smeranda tomó una antorcha de manos de un criado, acercóse a la puerta y abriéndola bajó al patio. El caballo, espantado, era retenido trabajosamente por tres
o cuatro servidores que hacían toda clase de esfuerzos para tranquilizarlo, Smeranda se aproximó al animal, examinó la sangre que cubría la silla y vio una herida en su testuz.
"Kostaki fue muerto de frente", dijo ella, "en duelo, y por un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos al homicida".
Así como el caballo había entrado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron afuera por ella, y se vieron sus antorchas perderse en la campiña y entrar en lo profundo del bosque, como en una hermosa noche de estío se ven centellear las luciérnagas en la llanura de Niza o de Pisa.
Smeranda, como si hubiera estado segura de que la búsqueda no duraría mucho, aguardó enhiesta en la puerta. Ni una lágrima humedecía las mejillas de aquella madre desolada, sin embargo se veía que la desesperación rugía tempestuosa en lo profundo de su corazón... Gregoriska estaba detrás de ella, y yo cerca de Gregoriska. Al abandonar la sala, pareció querer ofrecerme su brazo, pero no se había atrevido a hacerlo. De ahí en cerca de un cuarto de hora se vio aparecer en el recodo del camino una antorcha, luego una segunda, una tercera, y finalmente distinguiéronse todas. Sólo que ahora, en vez de dispersarse estaban agrupadas en torno a un centro común.
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