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La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.148

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El conde de G... estaba en Londres. Es uno de esos hombres que, no dando a los amores que tiepen con las chicas como yo más que la importancia justa para que sea un pasatiempo agradable, siguen siendo amigos de las mujeres que tuvieron, y no tienen odio, pues nunca tuvieron celos; en fin, es uno de esos grandes señores que sólo nos abren un lado de su cora.Zón, pero nos abren los dos lados de su bolsa. En seguida pensé en él. Fui a buscarlo. Me recibió de maravilla, pero era allí amante de una mujer del Bran mundo y tenía miedo de comprometerse I¡gándose a mí. Me presentó a sus amigos, que me ofrecieron una cena, tras la cual me fui con uno de ellos.
¿Qué quería usted que hiciera, amigo mío?
¿Matarme? Hubiera sido cargar su vida, que debe ser fell.Z, con un remordimiento inútil; y además, ¿a qué matarse cuando está uno tan cerca de morir?
Pasé al estado de cuerpo sin alma, de cosa sin pensamiento; viví durante algún tiempo con aquella vida automática; luego volví a Paris y pregunté por usted; me enteré entonces de que se había ido a un largo viaje. , Ya nada me sostenía. Mi existencia volvió a convertirse en lo que era doss años antes de que lo conociera. Intenté atraerme al duque, pero habáa herido harto rudamente a aquel hombre, y los ancianos no son pacientes, sin duda porque se dap cuenta de que no son eternos. La enfermedad se apoderaba de mí de día en día, estaba pálida, estaba triste, estaba más delgada todavía. Los hombres que compran el amor examinan la mercancía antes de tomarla. Había en Paris mujeres con mejor salud y más carnes que yo; me olvidaron un poco. Este ha sido el pasado hasta ayer.
Ahora estoy enferma de verdad. He escrito al duque pidiéndole dinero, pues no lo tengo, y los acreedores hen vuelto y me traen sus facturas con un encarnizamiento despiadado. ¿Me contestará el duque? ¡Si estuviera usted en Paris, Armand! Vendría a verme y sus visitas me consolarían.
20 de diciembre,
Hace un tiempo horrible, nieva, estoy sola en casa. Llevo tres días con tanta fiebre, que no he podido escribirle una palabra. Nada nuevo amigo mío; todos los días espero vagamente una carta suya, pero no llega y sin dada no llegará nunca.


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