La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.146
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––Es usted una noble muchacha ––replicó su padre, besándome en la frente, e intenta algo que Dios le tendrá en cuenta, pero mucho me temo que no obtendrá nada de mi hijo.
––¡Oh!, esté tranquilo, señor: me odiará.
Hacía falta levantar entre nosotros una barrera infranqueable para el uno como para el otro.
Escribí a Prudence que aceptaba las proposiciones del señor corule de N..., y que fuera a decirle que cenaría con ella y con él. Cerré la carta y, sin decirle lo que encerraba, rogué a su padre que la enviara a su destáno en llegarrdo a París. No obstante me preguntó gué contenía.
––Es la felicidad de su hijo le respondí.
Su padre me besó una vez más. Sentí en mi frente dos lágrimas de agradecimiento, que fueron como el bautismo de mis faltas de otro tiempo y, en el momento en que acababa de consentir en entregarme a otro hombre, irradiaba de orgullo al pensar en lo gue redimía por medio de aquella nueva falta.
Era muy natural, Armand; usted me había dicho que su padre era e, hombre más honrado que se podía encontrar.
El señor Duval subió al coche y se fue.
Sin embargo soy mujer y, cuando volví a verlo a usted, no pude menoj de llorar, pero no flaqueé.
¿He hecho bien? Eso es lo que me pregunto hoy que he caído enferma en un lecho que quizá sólo muerta dejaré.
Usted fue testigo de lo que yo experimentaba a medida que se acercaba la hora de nuestra separación inevitable; su padre ya no estaba allí para apoyarme, y hubo un momento en qxe estuve muy cerca de confesárselo todo, de tan espantada como estaba ante la idea de que ustea iba a odiarme y despreciarme.
Quizá no lo crea, Armand, pero rogaba a Dios que me diera fuerza, y la prueba de que aceptó mi sacrificio es que me dio la fuerza que le imploraba.
¡Aún necesité ayuda en aquella cena, pues no quería saber lo que iba A hacer, de tanto como temía que me faltase valor! .
¿Quién me hubiera dicho a mí, Marguerite Gautier, que llegaría a sufrir tanto ante la sola idea de tener un nuevo amante?
Bebí para olvidar y, cuando me desperté al día siguiente, estaba en la cama del conde.
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