La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.121
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Insistió mucho para que me quedara a pasar toda la noche con él y para que no me fuera hasta el día
siguiente; pero le dije que había dejado ––a Marguerite enferma y le pedí permiso para volver con ella pronto, prometiéndole que regresaría al día siguiente. Hacía bueno; quiso acompañarme hasta el muelle . Nunca me había sentido tan feliz. El futuro se me
aparecía tal como deseaba verlo desde hacía mucho tiempo. Quería a mi padre como no lo había querido nunca. En el momento en que iba a partir insistió por última vez para que me quedase; me negué. ––Así que la quieres, ¿eh? ––me preguntó. ––Como un loco. ––¡Bueno, pués vete! y se pasó la mano por la frente como si quisiera ahuyentar un pensamiento; luego
abrió la boca como para decirme algo, pero se contentó con estrecharme la mano y me dejó bruscamente gritando: ––¡Hasta mañana, pues!
XXII
Me parecía que el tren no avanzaba.
Llegué a Bougival a las once.
No había iluminada ni una ventana de la casa, y llamé sin que nadie me respondiera.
Era la primera vez que me sucedía una cosa parecida. Al fin se presentó el jardinero. Entré.
Apareció Nanine con una luz. Llegué a la habitación de Marguerite.
––¿Dónde está la señora?
––La señora se ha ido a Paris ––me respondió Nanine.
––¡A Paris!
––Sí, señor.
––¿Cuándo?
––Una hora después que usted.
––¿Y no le ha dejado nada para mí?
––Nada.
Nanine se retiró.
«Es capaz de haberse asustado ––pensé–– y haberse ido a Paris para cerciorarse de que la visit a que le
dije que iba a hacer a mi padre no era un pretexto para tener un día de libertad.»
«Quizá Prudence le haya escrito por algún asunto importante» , me dije cuando estuve solo; pero yo había visto a Prudence a mi llegada y no me había dicho nada que pudiera hacerme suponer que había escrito a Marguerite.
De pronto me acordé de la pregunta que me había hecho la señora Duvernoy cuando le dije que Marguerite estaba enferma: «¿Entonces no vendrá hoy?» Al mismo tiempo recordé la turbación de Prudence cuando la miré después de aquella frase que parecía delatar una cita. A ese recuerdo se unía el de las lágrimas de Marguerite durante todo el día, lágrimas que el buen recibimiento de mi padre me había hecho olvidar un poco.
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