La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.120
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Entré sin anunciarme, y encontré a Prudence en el tocador.
––¡Ah! ––me dijo con aire inquieto––. ¿Ha venido Marguerite con usted? con usted?
––No.
––¿Qué tal está?
––No está bien del todo.
––¿No vendrá entonces?
––¿Es que tenía que venir?
La señora Duvernoy enrojeció y me respondió con cierto embarazo:
––Quería decir que, como ha venido usted a París, si no va a venir ella a reunirse con usted.
––No.
Miré a Prudence; bajó los ojos, y en su fisonomía creí leer el terror de ver prolongarse mi visita.
––También venía a rogarle, querida Prudence, que, si no tiene nada que hacer, vaya a ver a Marguerite esta tarde; le haría usted compañía y podría dormir allí. Hoy estaba como nunca la había visto, y temo que caiga enferma.
––Voy a cenar en la ciudad ––me respondió Prudence–– y no podré ver a Marguerite esta tarde; pero la veré mañana.
Me despedí de la señora Duvernoy, que parecía estar casi tan preocupada como Marguerite, y fui a ver a mi padre, cuya primera mirada me estudió con atención.
Me tendió la mano.
––Sus dos visitas me han complacido mucho, Armand ––me dijo––. Ellas me han h echo esperar que haya usted reffexionado por su pane, como yo he reflexionado por la mía.
––Padre, ¿puedo permitirme preguntarle cuál ha sido el resultado de sus reffexiones?
––Pues ha sido, amigo mío, que he exagerado la importancia de los informes que me dieron, y que me he prometido ser menos severo contigo.
––¡Qué me dice, padre! ––grité con alegría.
Digo, querido hijo, que es conveniente que todo joven tenga una amante y que, después de haberme informado mejor, prefiero saberte amante de la señorita Gautier antes que de otra.
––¡Padre admirable! ¡Qué feliz me hace usted!
Charlamos así unos instantes y luego nos pusimos a la mesa.; Mi padre estuvo encantador todo el tiempo que duró la cena. Yo tenía prisa por regresar a Bougival para contar a Marguen aquel dichoso cambio. A cada instante miraba el reloj de pared ––Miras la hora ––me dijo mi padre––, estás impaciente por dejarme. ¡Oh, los jóvenes! ¿Siempre
sacrificaréis los afectos sinceros a los dudosos? ––¡No diga eso, padre! Marguerite me quiere, estoy seguro. Mi padre no respondió; no tenía aspecto de dudar ni de creer.
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