La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.115
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Este amor, lejos de lanzarme por el mal camino, es por el contrario capaz de desarrollar en mí los más honorables sentimientos. El amor verdadero siempre nos hace mejores; cualquiera que sea la mujer que lo inspira. Si conociera usted a Marguerite, comprendería que no me expongo a nada. Es tan noble como la mujer más noble. Todo lo que hay de codicia en las otras es desinterés en ella.
––Lo que no le impide aceptar toda su fortuna, pues los sesenta mil francos que usted heredó de su madre y que ahora le da a ella constituyen, recuerde bien lo que le digo, su única fortuna.
Probablemente mi padre había guardado esta perorata y aquella amenaza para asestarme el último golpe.
Pero sus amenazas me envalentonaron más que sus súplicas.
––¿Quién le ha dicho que iba a cederle esa cantidad?
––Mi notario. ¿Un hombre honrado iba a realizar un acto así sin avisarme? Bien, pues he venido a París para impedir su ruina en favor de una chica cualquiera. Su madre, al morir, le dejó para vivir honradamente, pero no para andar haciendo generosidades con sus amantes.
––Le juro, padre, que Marguerite ignoraba _esa donación.
––¿Entonces por qué la hacía?
––Porque Marguerite, esa mujer que usted calumnia y que quiere que abandone, ha sacrificado todo lo que posee para vivir conmigo.
––¿Y acepta usted ese sacrificio? ¿Peru qué clase de hombre es usted, señor mío, para permitir que una señorita Marguerite le sacrifique nada? Vamos, esto ya es el colmo. Va a dejar usted a esa mujer. Hace un momento se lo rogaba, ahora se lo ordeno; no quiero semejante porquería en mi famffia. Haga sus maletas y dispóngase a seguirme.
––Perdóneme, padre ––dije entonces ––, pero no me marcharé.
––¿Por qué?
––Porque ya no tengo edad de obedecer órdenes.
Ante aquella respuesta mi padre palideció.
––Está b ien, señor ––repuso––; ya sé lo que tengo que hacer.
Llamó.
Joseph apareció.
––Que lleven mis maletas al hotel París ––dijo a mi criado. Y al mismo tiempo pasó a su habitación,
donde acabó de vestirse. Cuando volvió a aparecer, fui a su encuentro. ––Padre ––le dije––, prométame que no hará nada que pueda hacer sufrir a Marguerite. Mi padre se detuvo, me miró con desdén y se limitó a responder: ––Creo que está usted loco. Y dicho esto, salió cerrando violentamente la puerta detrás de él.
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