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La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.113

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––¿Y por qué, padre?
––Porque está usted a punto de hacer cosas que hieren e respeto que cree tener por su familia.
––No entiendo esas palabras.
––Pues voy a explicárselas. Que tenga usted una amante, estï muy bien; que la pague como un hombre galante debe pagar e: amor de una entretenida, no puede estar mejor; pero que olvidf por ella las cosas más sagradas, que permita que el ruido de sL vida escandalosa llegue hasta el fondo de mi provincia y arroje la sombra de una mancha sobre el honorable apellido que le he dado eso sí que no puede ser y no será.
––Permítame que le diga, padre, que los que le han informadc sobre mí estaban mal enterados. Soy el amante de la señorita Gautier y vivo con ella: es la cosa más sencilla del mundo. No doy a la señorita Gautier el apellido que he recibido de usted, gasto con ella lo que mis medios me permiten, no tengo deudas y, en fin, nc estoy en ninguna de esas situaciones que autorizan a un padre a decir a su hijo lo que usted acaba de decirme.
––Un padre siempre está autorizado a apartar a su hijo del mal camino por el que lo ve lanzarse. Aún no ha hecho usted nada malo, pero lo hará.
––¡Padre!
––Conozco la vida mejor que usted, caballero. Sólo en la s mujeres completamente castas hay sentimientos completamente puros. Toda Manon puede hacer un Des Grieux, y el tiempo y las costumbres han cambiado. Sería inútil que el mundo envejeciera, si no se ,corrigiese. Dejará usted a su amante.
––Me molesta tener que desobedecerlo, padre, pero eso es iruposible.
––Lo obligaré.
––Desgraciadamente, padre, no hay islas Sainte-Marguerite donde enviar a las cortesanas , y, aunque las hubiera, seguiría allí a la señorita Gautier, si consiguiera usted que la enviaran. ¿Qué quiere? Puede que esté equivocado, pero no podré ser feliz más que a condición de seguir siendo el amante de esa mujer.
––Vamos a ver, Armand, abra los ojos, reconozca que su padre siempre lo ha querido y que sólo quiere su felicidad. ¿Es honroso para u sted ir a vivir maritalmente con una chica que ha sido de todo el mundo?
––¡Y eso qué importa, padre, si ya no será de nadie más! ¡Qué importa, si esa chica me ama, si se regenera por el amor que siente por mí y por el amor que yo siento por ella! ¡Qué imp orta, en fin, habiendo conversión!


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