La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.108
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Cuando salió Nanine, Marguerite volvió a sentarse a mi lado me dijo cogiéndome la mano: ––¿Por qué me has engañado? Has ido a casa de Prudence. ––¿Quién te lo ha dicho? ––Nanine. ––¿Y cómo lo sabe? ––Porque te ha seguido. ––¿Entonces le dijiste tú que me siguiera? ––Sí. Pensé que tenía que haber un motivo poderoso para , hacerte ir así a París, a ti que no me has
dejado en cuatro meses. Temía que lo hubiera ocurrido una desgracia o quizá que fueras a ver a otra mujer. ––¡Qué cría eres! ––Ahora estoy tranquila; sé lo que has hecho, pero no sé aún lo que te han dicho.
Enseñé a Marguerite las cartas de mi padre.
––No es eso lo que te pregunto: lo que me gustaría saber es para qué has ido a casa de Prudence.
––Para verla.
––Estás mintiendo, amigo mío.
––Bueno, pues he ido a preguntarle si el caballo estaba mejor, y si ya no le hacía falta tu chal de
cachemira ni tus joyas. Marguerite enrojeció, pero no respondió. Y ––continué–– me he enterado del use que has hecho de los caballos, de las cachemiras y de los
diamantes. ––¿Y estás enfadado conmigo? ––Estoy enfadado contigo por no habérsete ocurrido pedirme lo que necesitaras. ––En una relación como la nuestra, si la mujer tiene aún un poco de dignidad, debe imponerse todos los
sacrificios posibles antes que pedir dinero a su amante y ofrecer un aspecto venal a su amor. Tú me quieres, estoy segura, pero no sabes lo frágil que es el hilo que sujeta al corazón el amor que se siente por chicas como yo. ¿Quién sabe? ¡Quizá un día de mal humor o de aburrimiento lo imaginaras ver en nuestra relación un cálculo hábilmente combinado! Prudence es una charlatana. ¡Para qué quería yo los caballos! Vendiéndolos, ecònomizo; puedo pasarme sin ellos perfectamente y así no me gastan nada. Todo lo que te pido es que me quieras, y tú me querrás lo mismo sin caballos, sin cachemiras y sin diamantes.
Lo dijo todo en un tono tan natural, que se me saltaron las lágrimas escuchándola.
––Pero, mi buena Marguerite ––respondí estrechando amorosamente las manos de mi amante––, sabías
perfectamente que un día a otro me enteraría de ese sacrificio y que el día que me enterase no lo toleraría. ––¿Pero por qué? ––Pues porque no puedo entender que el cariño que sientes por mí tenga que privarte ni siquiera de una
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