La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.101
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¡Ay! Nos dábamos prisa a ser felices, como si hubiéramos adivinado que no podíamos serlo mucho tiempo.
Hacía dos meses que ni siquiera íbamos a París. Nadie había ido a vernos, excepto Prudence y esa Julie Duprat de que le he hablado y a quie n Marguerite entregaría más tarde el conmovedor relato que tengo aquí.
Me pasaba días enteros a los pies de mi amante. Abríamos las ventanas que daban al jardín y, mirando cómo el verano se dejaba caer gozosamente en las flores que había hecho brotar y bajo la sombra de los
árboles, respirábamos uno al lado de otro aquella vida auténtica que ni Marguerite ni yo habíamos comprendido hasta entonces.
Aquella mujer se asombraba como una niña por las más pequeñas cosas. Había días en que corría por el jardín, como una cría de diez años, detrás de una mariposa o de un caballito del diablo. Aquella cortesana, que había hecho gastar en namos de flores más dinero del que necesitaría toda una familia para vivir en la alegría, a veces se sentaba sobre el césped, durante una hora, para examinar la sencilla flor cuyo nombre llevaba.
Fue por entonces cuando leyó con tanta frecuencia Manon Lescaut. Muchas veces la sorprendí escribiendo notas en el libro: no dejaba de decirme que, cuando una mujer ama, no puede hacer lo que Manon hacía.
El duque le escribió dos o tres veces. Conoció la letra y me dio las camas sin leerlas.
A veces los términos de aquellas cartas hacían que los ojos se me llenasen de lágrimas.
Había creído que, cerrándole la bolsa, volvería a recobrar a Marguerite; pero, cuando vio la inutilidad de aquel medio, no pudo aguantar más; escribió, pidiendo como otras veces permiso para volver, cualesquiera que fuesen las condiciones que pusiera para ese regreso.
Leí, pues, aquellas cartas apremiantes y reiterativas, y las rompí sin decir a Marguerite su contenido y sin aconsejarle que volviera a ver al anciano, aunque un sentimiento de piedad por el dolor de aquel pobre hombre me impulsara a ello: pero temía que, al hacer reemprender al duque sus antiguas visitas, viera ella en aquel consejo el deseo de hacerle reemprender también el pago de los gastos de la casa; y por encima de todo me asustaba que me creyera capaz de negarme a cargar con la responsabilidad de su vida en cualquier circunstancia a que su amor por mí pudiera arrastrarla.
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