La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.100
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¿Quiere que hable con Armand?
Marguerite parecía reflexionar, pues no respondía. El corazl me latía violentamente mientras esperaba su respuesta.
––No ––repuso––, no dejaré a Armand, y no me ocultaré pa vivir con él. Quizá sea una locura, ¡pero lo amo!, ¿qué quiere uste Y además, ahora que se ha acostumbrado a amarme sin obstác los, sufriría demasiado si se viera obligado a abandonarm aunque no fuera más que una hora al día. Por otra parte, no me queda tanto tiempo que vivir como para convertirme en una desgraciada y hacer la voluntad de un viejo cuya sola vista me hace envejecer. Que se guarde su dinero; me pasaré sin él.
––¿Pero cómo va a arreglárselas?
––No lo sé.
Prudence iba sin duda a responder algo, pero entré bruscamente y corrí a arrojarme a los pies de Marguerite, bañando sus manos en las lágrlmas que me hacía derramar la alegría de verme amado sí.
––Mi vida es tuya, Marguerite, no necesitas a ese hombre. ¿No estoy yo aquí? ¿Cómo podré abandon arte nunca ni pagarte suficientemente la felicidad que me proporcionas? Nada de coacciones, Marguerite mía. ¡Nos queremos! ¿Qué nos importa lo demás?
––¡Sí, sí, lo quiero, Armand mío! ––murmuró enlazando sus brazos en torno a mi cuello––. Te quiero como n unca creí que pudiera querer. Seremos felices, viviremos tranquilos y daré un adiós eterno a esa vida de que ahora me avergüenzo. Nunca me reprocharás el pasado, ¿verdad?
Las lágrimas velaban mi voz. Sólo pude responder estrechando a Marguerite contra mi corazón.
––Vamos ––dijo con voz conmovida, volviéndose hacia Prudence––, cuéntele esta escena al duque y añada que no lo necesitamos.
Desde aquel día ya no se habló más del duque. Tampoco Marguerite era la chica que yo había conocido. Evitaba todo lo que pudiera recordarme la vida en medio de la cual la había encontrado. Nunca mujer, nunca hermana tuvo con su esposo o con su hermano el amor y los cuidados que ella tenía conmigo. Aquella naturaleza enfermiza estaba abierta a todas las impresiones, era accesible a todos los sentimientos. Había roto con sus amigas como con sus costumbres, con su lenguaje como con los gastos de otro tiempo. Cuando nos veían salir de la casa para ir a darnos un paseo en una encantadora barquilla que yo había comprado, nadie hubiera creído que aquella mujer vestida de blanco, cubierta con un gran sombrero de paja y con un sencillo ropón de seda al brazo para protegerse del frescor del agua era Marguerite Gautier, la misma que cuatro meses antes armaba tanto jaleo con su lujo y sus escándalos.
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