La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.93
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Volvía cansada, cenaba ligeramente y se acostaba después de leer o tocar un poco, cosa que antes nunca le había sucedido. La tos, que cada vez que la, oía me desgarraba el pecho, había desaparecido casi por completo:
Al cabo de seis semanas ya no se hablaba del conde, definitivamente sacrificado; sólo el duque me obligaba todavía a ocultar mi] relac ión con Marguerite, y hasta él fue despedido con frecuencia mientras yo estaba allí, so pretexto de que la señora dormía y había prohibido que la despertaran.
De la necesidad a incluso de la costumbre que Marguerite había adquirido de verme resultó que abandoné el juego justo en el momento en que un jugador diestro lo hubiera dejado. En resumidas cuentas, a consecuencia de mis ganancias me vi dueño de unos diez mil francos, que me parecían un capital inagotable.
Llegó la época en que solía volver con mi padre y con mi hermana, pero no me decidía a irme; de suerte que con frecuencia recibía cartas del uno y de la otra, en las cuales me rogaban que volviera a su lado.
A todos sus ruegos respondía yo como mejor podía, repitiendo siempre que estaba bien y que no necesitaba dinero, dos cosas que creía que consolarían un poco a mi padre por el retraso de mi visita anual.
Así las cosas, sucedió que una mañana, habiéndose despertado Marguerite con un sol resplandeciente, saltó de la cama y me preguntó si quería llevarla a pasar todo el día en el campo.
Mandamos a buscar a Prudence y nos fuimos los tres, no sin que Marguerite hubiera recomendado antes a Nanine que dijera al duque que había querido aprovechar aquel hermoso día para irse al campo con la señora Duvernoy.
Aparte de que la presencia de la Duvernoy era necesaria para tranquilizar al viejo duque, Prudence era una de esas mujeres que parecen estar hechas expresamente para esas excursiones al campo. Con su alegría inalterable y su eterno apetito, no dejaría que los que la acompañaban se aburrieran un momento, y se las entendería perfectamente a la hora de encargar los huevos, las cerezas, la leche, el conejo salteado y, en fin, todo aquello de que se compone una comida tradicional en los alrededores de París.
Sólo nos faltaba saber adónde iríamos.
Una vez más fue Prudence quien nos sacó de apuros.
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