La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.88
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Se nos prohi´be tener corazón, so pena de ser abucheadas y de arruinar nuestro crédito. . Ya no nos pertenecemo s. Ya no somos seres, sino cosas. Somos las primeras en su amor propio, las últimas en su estima. Tenemos amigas, pero son amigas como Prudence, antiguas entretenidas que tienen aún gustos costosos que ya su edad no les permite. Entonces se convierten en amigas nuestras o más bien en comensales. Su amistad puede llegar hasta el servilismo, pero nunca hasta el desinterés. Jamás te darán un consejo que no sea´ lucrativo. Poco les importa que tengamos diez amántes de más, con tal de ganarse unos vestidos o un brazalete, poder de cuando en cuando pásearse en nuestro coche a ir a ver espectáculos desde, nuestro palco. Se quedan con nuestras flores de la víspera y nos piden prestadas nuestras cachemiras. Nunca nos hacen un favor, , por pequeño que sea, sin que se cobren el doble de lo que vale. Tú mismo lo viste la noche en que Prudence me llevó los seis mil francos que le había rogado que fuera a pedir al duque para mí: me pidió prestados quinientos francos, que no me devolverá nunca, o que me pagará en sombreros que no saldrán de sus cajas. Así pues, no podemos tener o, mejor dicho, no podía tener más que una suerte, y era, triste como estoy muchas veces, poco buena como estoy siempre, la de encontrar un hombre lo suficientemente superior para no pedirme cuentas de mi vida, y para ser el amante de mis impresiones más que de mi cuerpo. Encontré ese hombre en el duque, pero el duque es viejo, y la vejez no protege nip consuela. Creí poder aceptar la vida que él me ofrecía, pero, ¿qué, quieres?, me moría de aburrimiento, y para consumirse de ese modo, tanto da arrojarse a un incendio que asfixiarse con carbón. Entonces te encontré a ti, joven, ardiente, feliz, y he intentado hacer de ti el hombre a quien llamaba en medio de mi ruidosa soledad. Lo que yo amaba en ti no era el hombre que eras, sino el que ibas a ser. Tú no aceptas ese papel, lo rechazas como indigno de ti; eres un amante vulgar; haz como los demás: págame y no hablemos más.
Marguerite, fatigada por aquella larga confesión, se echó sobre el respaldo del canapé y se llevó el pañuelo a los labios y a los ojos, para apagar un débil acceso de tos.
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