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La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.77

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Una hora después tenía a Marguerite entre mis brazos, y, si me! hubiera pedido que cometiera un crimen, la hubiera obedecido.
A las seis de la mañana me marché; y antes de marcharme le dije:
––¿Hasta esta noche?
Me besó más fuerte, pero no me respondió.
Durante el día recibí una carta que contenía estas palabras:
«Querido mío: Estoy algo indispuesta, y el médico me, ordena reposo. Esta noche me acostaré pronto y no lo veré a usted. Pero, en recompensa, lo espero mañana a mediodía. Lo quiero.»
Mi primera palabra fue: «¡Me engaña!»
Un sudor helado recorrió mi fr&ente, pues quería ya demasiado a aquella mujer para que no me trastornase la sospecha.
Y sin embargo, tratándose de Marguerite, debía esperarme un acontecimiento así casi a dario, cosa que me había ocurrido muchas veces con otras amantes, sin que me preocupase dema siadó. ¿A qué se debía, pues, el dominio que aquella mu jer ejercía sobre mi vida?
Entonces, puesto que tenía la llave de su casa, pensé en ir a verla como de costumbre. De ese mo do sa­bría realmente la verdad y, si encontraba a un hombre allí, lo abofetearía.
Entre tanto fui a los Campos Elíseos. Estuve allí cuatro horas. No apareció. Por la noche entré en todos los teatros donde ella solía ir. No estaba en ninguno.
A las once me dirigí a la calle de Antin.
No había luz en las ventanas de Marguerite. Sin embargo llamé.
El portero me preguntó dónde iba.
––A casa de la señorita Gautier ––le dije.
––No ha vuelto.
––Subiré a esperarla.
––No hay nadie en casa.
Evidentemente era una consigna que podía forzar, puesto que tenía la llave, pero temía armar un escándalo ridículo y salí.
Sólo que no volví a mi casa, no podía dejar la calle y no perdía de vista la casa de Marguerite. Me parecía que aún me enteraría de algo, o por lo menos que iban a confirmarse mis sospechas.
Hacia las doce un cupé que conocía perfectamente se paró cerca del número 9.
El conde de G... bajó de él y entró en la casa, tras haber despedido a su coche.
Por un momento esperé que, como a mí, le dirían que Marguerite no estaba en casa y que volvería a verlo salir; pero a las cuatro de la mañana seguía esperando todavía.


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