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La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.64

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Estaba encantadora de aquel modo.
Llevaba en sus pies desnudos zapatillas de raso, y acababa de arreglarse las uñas.
––Bueno ––dijo al ver a Prudence––, ¿ha visto al duque?
––¡Pues claro!
––¿Y qué le ha dicho?
––Me lo ha dado.
––¿Cuánto?
––Seis mil.
––¿Los tiene ahí?
––Sí.
––¿Parecía contrariado?
––No.
––¡Pobre hombre!
Aquel «¡pobre hombre!» fue pronunciado en un tono imposible de describir. Marguerite cogió los seis

billetes de mil francos. ––Ya era hora dijo––. Querida Prudence, ¿necesita dinero? ––Ya sabe, hija mía, que dentro de dos días estamos a 15: si pudiera prestarme trescientos o cuatrocientos
francos, me haría un gra n favor. ––Mande a buscarlos mañana por la mañana, ahora es muy tarde para ir a cambiar. ––No se olvide. ––Descuide. ¿Cena con nosotros? ––No, me está esperando Charles en casa. ––¿Pero sigue usted tan loca por él? ––¡Chiflada, querida! Hasta mañana. Adiós, Armand. La señora Duvernoy salió. Marguerite abrió su secreter y echó dentro los billetes de banco. ––¿Me permite que me acueste? ––dijo sonriendo y dirigiéndose hacia la cama. ––No sólo se lo permito, sino que se lo ruego. Retiró hacia los pies de la ca ma la colcha de guipur que la cubría y se acostó. ––Ahora ––dijo––, venga a sentarse a mi lado y charlemos. Prudence tenía razón: la respuesta que había traído a Marguerite la alegró. ––¿Me perdona el mal humor de esta noche? ––me dijo, cogiéndome la mano. ––Estoy dispuesto a perdonarle muchos más. ––¿Y me quiere? ––Hasta volverme loco. ––¿A pesar de mi mal carácter? ––A pesar de todo. ––¿Me lo jura? ––Sí ––le dije en voz baja. Nanine entró entonces llevando platos, un pollo frío, una botella de burdeos, fresas y dos cubiertos. ––No he dicho que le hagan el ponche ––dijo Nanine––; para usted es mejor el burdeos, ¿verdad, señor? ––Desde luego ––respondí, emocionado todavía por las últimas palabras de Marguerite y con los ojos
aráientemente fijos en ella. ––Bueno ––dijo––, pon todo eso en la mesita y acércala a la cama; nos serviremos nosotros mismos. Llevas tres noches en vela y debes de tener ganas de dormir; ve a acostarte, no necesito nada.
––¿Hay que cerrar la puerta con dos vueltas de llave?
––¡Ya lo creo! Y, sobre todo, di que no dejen entrar a nadie antes de mediodía.
XII
A las cinco de la mañana, cuando el día empezaba a despuntar a través de las cortinas, Marguerite me dijo:


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