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La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.35

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––Pues venga conmigo, yo le presentaré.
––Pídale permiso primero.
––¡Pardiez! Con ella no hay que andarse con tantos remilgos; venga.
Aquellas palabras me dieron pena. Temblaba ante la idea de adquirir la certeza de que Marguerite no mereciera lo que experimentaba por ella.
Hay un libro de Alphonse Karr, titulado Am Rauchen, en el que un hombre sigue por la noche a una mujer muy elegante y tan hermosa, que se ha enamorado de ella a la primera. Con tal de besar la mano de aquella mujer, se siente con fuerzas para emprenderlo todo, con voluntad para conquistarlo todo y con ánimo para hacerlo todo. Apenas si se atreve a mirar el coqueto tobillo que ella enseña al levantarse el vestido para que no se manche al tocar el suelo. Mientras va soñando en todo lo que sería capaz de hacer por poseer a aquella mujer, ella lo detiene en la esquina de una calle y le pregunta si quiere subir a su case.
El vuelve la cabeza, atraviesa la calle y regresa muy triste a casa.
Recordaba este estudio, y yo, que habría querido sufrir por aquella mujer, temía que me aceptara excesivamente de prisa y me concediera excesivamente pronto un amor que yo hubiera querido pagar con una large espera o un gran sacrificio. Los hombres somos así; y es una suerte que la imaginación deje esta poesía a los sentidos y que los deseos del cuerpo hagan esta concesión a los sueños del alma.
En fin, si me hubieran dicho: «Esta mujer será suya esta noche, y mañana lo matarán», habría aceptado. Si me hubieran dicho: «Dé me diez luises, y será usted su amante», me habría negado y habría llorado como un niño que ve desvanecerse al despertar el castillo entrevisto por la noche.
Sin embargo quería conocerla. Era una manera, a incluso la única, de saber a qué atenerme con ella.
Le dije, pues, a mi amigo que tenía mucho interés en que ella le diera permiso para presentarme, y empecé a dar vueltas por los pasillos, imaginándome que desde aquel momento iba a verme, y que no sabría qué actitud tomar bajo su mirada.
Traté de hilvanar de antemano las palabras que iba a decirle. ¡Qué sublime niñería la del amor!
Un instante después mi amigo volvió a bajar.
––Nos espera ––me dijo


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