La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.31
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Comprendí lo que iba a pasar cuando el dolor disminuyera por la ausencia del espectáculo y en consecuencia dejara de sostenerlo.
Me acerqué al comisario.
––¿Es necesaria aún la presencia del señor? ––le dije, señalando a Armand.
––No me respondió––, a incluso le aconsejo que se lo lleve de aquí, porque parece enfermo.
––Venga ––dije entonces a Armand, tomándolo del brazo.
––¿Qué? ––dijo, mirándome como si no me conociera.
––Ya se ha terminado ––––añadí––. Tiene usted que irse, amigo mío: está usted pálido, tiene frío, y va a matarse con estas emociones.
––Tiene usted razón, vámonos––contestó maquinalinente, pero sin dar un paso.
Entonces lo cogí por el brazo y tiré de él.
Se dejó conducir como un niñ o, murmurando solamente de cuando en cuando:
––¿Ha visto usted los ojos?
Y se volvía, como si aquella visión lo hubiera llamado.
Sin embargo su paso se hizo irregular; parecía avanzar sólo a sacudidas; le castañeteaban los dientes, tenía las manos frías, y una violenta agitación nerviosa estaba apoderándose de toda su persona.
Le hablé, pero no me respondió.
Todo lo que podía hacer era dejarse )Ievar.
A la puerta encontramos un coche. No pudo llegar más a tiempo.
No hizo más que sentarse, cuando aumentaron los estremecimientos y tuvo un verdadero ataque de nervios, en medio del cual el miedo de asustarme le hacía murmurar, apretándome la tnano:
––No es nada, no es nada, quisiera llorar.
Y oí dilatarse su pecho, y la sangre se le subía a los ojos, pero las lágrimas no llegaban.
Le hice aspirar el frasco que me había servido a mí, y, cuando llegamos a su casa, sólo los estremecimientos se manifestaban aún.
Con ayuda del criado lo acosté, mandé encender un buen fuego en su habitación y corrí a buscar a mi médico, a c uien le conté lo que acababa de pasar.
Acudió a toda prisa.
Armand estaba púrpura, deliraba, balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo el nombre de Marguerite se entendía con claridad.
––¿Qué tiene? ––dije al doctor cuando hubo examinado al enférmo.
Pues tiene una fiebre cerebral, ni más ni menos; y es una suerte, pues creo, y Dios me perdone, que se habría vuelto loco. Por suerte la enfermedad fisica acabará con la enfermedad moral, y dentro de un mes quizá se habrá librado de las dos.
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