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La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.30

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––Abran.
Los hombres obedecieron como si fuera la cosa más natural del mundo.
El ataúd era de roble, y se pusieron a desatornillar la pared superior, que hacía de tapa. La humedad de la tierra había oxidado los tornillos y no sin esfuerzos abrieron el ataúd. Un olor infecto salió de él, a pesar de las plantas aromáticas de que estaba sembrado.
––¡Oh, Dios mío, Dios mío! murmuró Armand y palideció aún más.
Hasta los sepultureros retrocedieron.
Un gran sudario blanco cubría el cadáver, dibujando algunas de sus sinuosidades. El sudario estaba casi completamente comido por un extremo, y dejaba pasar un pie de la muerta.
Yo estaba a punto de sentirme mal, y aun en el momento en que escribo estas líneas el recuerdo de aquella escena se me aparece en toda su imponente realidad.
––Démonos prisa ––dijo el comisario.
Entonces uno de los dos hombres extendió la mano, se puso a descoser el sudario y, agarrándolo por un extremo, descubrió bruscamente el rostro de Marguerite.
Era terrible de ver, es horrible de contar.
Los ojos eran sólo dos agujeros, los labios habían desaparecido y los blancos dientes estaban apretados unos contra otros. Los largos cabellos, negros y secos, estaban pegados a las sienes y velaban un poco las cavidades verdes de las mejillas, ––y sin embargo en aquel rostro reconocí el rostro blanco, rosa y alegre que con tanta frecuencia había visto .
Armand, sin poder apartar su mirada de aquella cara, se había llevado el pañuelo a la boca y lo mordía.
Yo sentí como si un cerco de hierro me oprimiera la cabeza, un velo cubrió mis ojos, los oídos me zumbaron, y lo único que pude hacer fue abrir un frasco que había llevado por si acaso y aspirar fuertemente las sales que contenía.
En medio de aquel deslumbramiento oí al comisario decir al señor Duval:
––¿La reconoce usted?
––Sí ––respondió sordamente el joven.
––Pues cierren y llévenselo ––dijo el comisario.
Los sepultureros volvieron a extender el sudario sobre el rostro de la muerta, cerraron el ataúd, lo cogieron cada uno de un lado y se dirigieron hacia el lugar que les habían designado. Armand no se movía. Sus ojos estaban clavados en aquella fosa vacía; estaba pálido como ël cadáver que acabábamos de ver... Parecía petrificado.


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