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La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.27

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Me limité, pues, a responder con un movimiento de cabeza.
––¿La ha cuidado bien? ––continuó Armand.
Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas del enfermo, que volvió la cabeza para ocultármelas. Hice como que no las veía a intenté cambiar de conversación.
––Hace ya tres semanas que se marchó usted le dije.
Armand se pasó la mano por los ojos y me respondió:
––Tres semanas justas.
––Ha sido un viaje largo.
––¡Oh, no crea que he estado viajando todo el tiempo! Estuve quince días enfermo, si no, hace tiempo que hubiera regresado; pero en cuanto llegué allí la fiebre se apoderó de mí, y me he visto obligado a guardar cama.
––Y ha vuelto usted sin estar bien curado.
––Si me hubiera quedado ocho días más en aquel pueblo, me habría muerto.
––Pero, ahora que ya está usted de vuelta, tiene que cuidarse; sus amigos vendrán a verlo. Y yo el primero, si usted me lo permite.
––Voy a levantarme dentro de dos horas.
––¡Qué imprudencia!
––Es preciso.
––fQué tiene usted que hacer que corra tanta prisa?
––Tengo que ir a ver al comisario de policía.
––¿Por qué no encarga a alguien que haga esa gestión que puede ponerlo a usted peor?
––Es lo único que puede curarme. Tengo que verla. Llevo sin dormir desde que me enteré de su muerte, y sobre todó desde que vi su tumba. No puedo hacerme a la idea de que esa mujer, a quien abandoné tan joven y tan bella, esté muerta. Tengo que cerciorarme por mí mismo. Tengo que ver lo que ha hecho Dios con aquel ser que tanto amé, y quizá el asco del espectáculo reemplace la desesperación del recuerdo. Me acompañará usted, ¿verdad? Si es que no te molesta demasiado...
––¿Qué le ha dicho su hermana?
––Nada. Pareció muy sorprendida de que un extraño quisiera comprar un terreno y mandar hacer una tumba para Marguerite, y en seguida me firmó la autorización que le pedía.
––Hágame caso, espere a estar bien curado para hacer ese traslado.
––¡Oh!, seré fuerte, no se preocupe. Además, voy a volverme loco si no acabo lo antes posible con esta resolución, cuyo cumplimiento se ha convertido en una necesidad para mi dolor. Le juro que no podré estar tranquilo hasta que haya visto a Marguerite.


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