La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) - pág.25
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Mire, yo no conocía a esta señorita ni sé lo que ha hecho; bueno, pues, no sé si me creerá usted, pero la quiero a esta pobrecilla, y tengo cuidado de ella y le pongo las camelias al precio justo. Es mi muerta preferida. Mire usted, nosotros nos vemos obligados a amar a los muertos, pues tenemos tanto trabajo, que casi no tenemos tiempo de amar otra cosa.
Yo miraba a aquel hombre, y algunos de mis lectores comprenderán, sin necesidad de explicárselo, la
emoción que experimentaba al oírlo. Se dio cuenta sin duda, pues continuó: ––Dicen que ha habido gente que se ha arruinado por esta chica, y que tenía amantes que la adoraban;
bueno, pues, cuando pienso que ni uno viene a compFarle siquiera una flor, eso sí que es curioso y triste. Y aún ésta no, puede quejarse, pues tiene su tumba, y, si no hay más que uno que se acuerde de ella, él cumple por los demás. Pero tenemos aquí otras pobres chicas de la misma clase y de la misma edad, que han ido a parar a la fosa común, y se me parte el corazón cuando oigo caer sus pobres cuerpos en la tierra. ¡Y una vez muertas, ni un alma se ocupa de ellas! No siempre es alegre el oficio que hacemos, sobre todo mientras nos queda un poco de corazón. ¿Qué quiere usted? Es más fuerte que yo. Tengo una hermosa hija de veinte años y, cuando traen aquí .una muerta de su edad, pienso en ella y, ya sea una gran dama o una vagabunda, no puedo menos de emocionarme. Pero sin duda lo estoy aburriendo con estas historias y usted no ha venido aquí para escucharlas. Me han dicho que lo lle ve a la tumba de la señorita Gautier, y aquí está. ¿Puedo servirle en alguna otra cosa?
––¿Sabe usted la dirección del señor Armand Duval? ––pregunté a aquel hombre.
––Sí, vive en la calle... O por lo menos allí es doncle he ido a cobrar el precio de las flores que ve usted.
––Gracias, amigo.
Eché una última mirada a aquella tumba florida, cuyas profundidades deseaba sondear sin querer, para ver lo que había hecho la tierra con aquèlla hermosa criatura que le habían arrojado, y me alejé sumamente triste.
––¿Quiere usted ver al señor Duval? ––prosiguió el jardinero, que iba a mi lado.
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