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Historia de un muerto contada por él mismo (Alejandro Dumas) - pág.5

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»Esperaba impaciente la hora a la que podía presentarme en su casa, y el tiempo que pasé esperándola me pareció un siglo.

»Finalmente llegó la hora, y salí.

»Cuando llegué, me hicieron entrar en un gabinete exquisito, de un rococó furioso, de un pompadur sorprendente; estaba sola y leía: un gran vestido de terciopelo negro la ceñía por todas partes, no dejando ver, como en las vírgenes del Perugino, más que las manos y la cabeza. Tenía el brazo que yo había sangrado, coquetamente en cabestrillo y extendía ante el fuego sus pequeños pies, que no parecían hechos para caminar sobre esta tierra. Esa mujer era tan completamente bella que Dios parecía haberla dado al mundo como un esbozo de los ángeles.

»Me tendió la mano y me hizo sentar a su lado.

-¿Tan pronto levantada, señora? –le dije–, sois imprudente.

-No, soy fuerte –me contestó sonriendo–, he dormido muy bien, y además no estaba enferma.

-Sin embargo, decíais que sufríais.

-Más del pensamiento que del cuerpo –dijo con un suspiro.

-¿Tenéis alguna pena, señora?

-Oh, una profunda. Afortunadamente Dios también es médico, y ha encontrado la panacea universal, el olvido.

-Pero hay dolores que matan –le dije.

-Y bien, la muerte o el olvido, ¿no es lo mismo? La una es la tumba del cuerpo, la otra la tumba del corazón, eso es todo.

-Pero vos, señora –dije–, ¿cómo podéis tener una pena? Estáis demasiado alta para que os alcance, y los dolores deben sentirse bajo vuestros pies como las nubes bajo los pies de Dios; las tormentas para nosotros, para vos la serenidad.

-Eso es lo que os engaña –continuó ella–, y lo que prueba que toda vuestra ciencia se detiene ahí, en el corazón.

-Y bien –le dije–, tratad de olvidar, señora. Dios permite a veces que una alegría suceda a un dolor, que la sonrisa suceda a las lágrimas, cierto; y cuando el corazón de aquel que prueba está demasiado vacío para llenarse solo, cuando la herida es demasiado profunda para cerrar sin ayuda, envía al camino de aquella a la que quiere consolar otra alma que la comprende; porque sabe que se sufre menos sufriendo a dúo; y llega un momento en que el corazón vacío se llena de nuevo o la herida cicatriza.

-¿Y cuál es el dictamen, doctor –me dijo ella–, con qué curarías semejante herida?


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