El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.164
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Esto depende.
Cornelius hizo un gesto de agradecimiento.
«¡Pues bien! -se dijo-. Aquí hay, en buena hora, un muchacho al que no le falta nunca el placer de una consolación cuando se presenta la ocasión. Por mi fe, amigo mío, os estoy muy obligado. ¡Adiós!»
El coche empezó a rodar.
-¡Ah! ¡Criminal! ¡Ah! ¡Bandido! -aulló Gryphus mostrando el puño a su víctima que se le escapaba-.
Y decir que se va sin devolverme a mi hija.
«Si me conducen a Dordrecht -murmuró Corne lius para sí-, veré al pasar por delante de mi casa si mis pobres platabandas han sido destrozadas.»
XXX En El Que Se Comienza A Imaginar
Cuál Era El Suplicio Reservado
A Cornelius Van Baerle
El coche rodó todo el día. Dejó Dordrecht a la izquierda, atravesó Rótterdam, alcanzó Delft. A las cinco de la tarde había recorrido, por lo menos, veinte leguas.
Cornelius dirigió algunas preguntas al oficial que le servía a la vez de guardia y de compañero, pero, por circunspectas que fueran sus demandas, tuvo el disgus to de verlas sin respuesta.
Cornelius lamentó no tener a su lado a aquel guardia tan complaciente que hablaba sin hacérselo de rogar.
Sin duda, le hubiera proporcionado sobre los motivos de ésta, su extraña tercera aventura, detalles tan graciosos y explicaciones tan precisas como sobre las dos primeras.
Pasaron la noche en el coche. Al día siguiente, al alba, Cornelius se halló más allá de Leiden, teniendo al mar del Norte a su izquierda y al mar de Haarlem a su derecha.
Tres horas después entraban en Haarlem.
Cornelius no sabía en absoluto lo que había ocurrido en Haarlem, y nosotros le dejaremos en esta ignorancia hasta que sea sacado de ella por los acontecimientos.
Pero no puede suceder lo mismo con el lector, que tiene el derecho de ser puesto al corriente de las cosas, incluso antes que nuestro héroe.
Hemos visto que Rosa y el tulipán, como dos hermanos o como dos huérfanos, habían sido dejados,
por el príncipe de Orange, en casa del presidente Van Systens.
Rosa no recibió ninguna noticia del estatúder antes de la tarde del día en que lo había visto de frente.
Hacia la tarde, un oficial entró en la casa de Van Systens: venía de parte de Su Alteza a invitar a Rosa a que se llegara al Ayuntamiento.
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