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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.154

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Página 154 de 180


Esta idea, la de que Rosa fuera tal vez maltratada, exasperaba a Cornelius.
Sentía entonces su inutilidad, su impotencia, su nulidad. Se preguntaba si Dios era realmente justo al enviar tantos males a dos criaturas inocentes. Y ciertamente, en esos momentos, dudaba. La desgracia no produce credulidad.
Van Baerle se había forjado el proyecto de escribir a Rosa. Pero ¿dónde estaba Rosa?
Había concebido la idea de escribir a La Haya para prevenir las nuevas tormentas que sin duda Gryphus quería amontonar sobre su cabeza con una denuncia.
Mas ¿con qué escribir? Gryphus le había quitado el lápiz y el papel. Por otra parte, aunque los tuviera, no sería evidentemente Gryphus quien se encargaría de su carta.
Entonces Cornelius pasaba y repasaba en su mente todas esas pobres tretas empleadas por los prisioneros.
Había pensado realmente en una evasión, cosa en la cual no soñaba cuando podía ver a Rosa todos los días. Pero cuanto má s pensaba en ello ahora, más imposible le parecía una evasión. Pertenecía a esas naturalezas escogidas que sienten horror por lo común y a las que les faltan a menudo todas las buenas ocasiones de la vida, por culpa de no haber escogido el camino de lo vulgar, ese gran camino de las gentes mediocres, que les conduce a todo. «¿Cómo sería posible -se decía Cornelius-, que pudiera escapar de Loevestein, de donde ya huyó el señor De Grotius? Después de la evasión de éste, ¿no se habrá previsto todo? ¿No estarán guardadas las ventanas? ¿No son las puertas dobles o triples? ¿No están los puestos diez veces más vigilados?
«Y además de las ventanas guardadas, las puertas dobles, los puestos más vigilados que nunca, ¿no tengo un argos infalible? ¿Un argos tanto más peligroso por cuanto posee ojos de odio, Gryphus? »
«Finalmente, ¿no existe otra circunstancia que me paraliza? La ausencia de Rosa. Aunque empleara diez años de mi vida en fabricar una lima para serrar mis ba rrotes, en trenzar cuerdas para descender desde la ventana, o en pegarme unas alas en los hombros para volar como Dédalo... ¡estoy en un período de mala suerte! La lima se embotará, la cuerda se romperá, mis alas se fundirán al sol. Me mataría. Me recogerán cojo, manco, lisia do. Me clasificarán en el museo de La Haya, entre el jubón manchado de sangre de Guillermo el Taciturno, y la sirena capturada en Stavensen, y mi empresa no obtendrá otro resultado que el de procurarme el honor de formar parte de las curiosidades de Holanda.


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