El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.153
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Luego, al presidente:
-Vos, mi querido señor Van Systens -añadió-, guardad aquí a esa joven y al tulipán. Adiós.
Todo el mundo se inclinó, y el príncipe salió, ago biado bajo el ruido inmenso de las aclamaciones populares.
Boxtel regresó al Cisne Blanco, bastante atormentado. Aquel papel, que Guillermo había recibido de manos de Rosa, que había leído, doblado y metido en su bolsillo con tanto cuidado, le inquietaba.
Rosa se aproximó al tulipán, besando religiosamente la hoj a, y se confió por entero a Dios murmurando:
-¡Dios mío! ¿Sabíais Vos con qué fin mi buen Cornelius me enseñaba a leer?
Sí, Dios lo sabía, ya que es Él quien castiga y quien recompensa a los hombres según sus méritos.
El Tulipán Negro
XXVIII La Canción De Las Flores
Mientras ocurrían los acontecimientos que acabamos de referir, el desgraciado Van Baerle, olvidado en la celda de la fortaleza de Loevestein, sufría por parte de Gryphus todo cuanto un prisionero puede sufrir cuando su carcelero ha tomado el decidido partido de transformarse en verdugo.
Gryphus, al no recibir noticias de Rosa, ni de Jacob, se persuadió de que todo lo que le sucedía era obra del demonio, y de que el doctor Cornelius van Baerle era el enviado de ese demonio sobre la tierra.
Resultó de ello que una hermosa mañana -era el tercer día después de la desaparición de Jacob y de Rosa -subió a la celda de Cornelius más furioso aún que de costumbre.
Éste, acodado en la ventana, la cabeza recogida entre sus manos, la mirada perdida en el horizonte brumoso donde los molinos de Dordrecht batían sus aspas, aspiraba el aire para rechazar sus lágrimas e impedir que su filosofía se evaporara.
Los palomos seguían allí, pero la esperanza ya no estaba porque le faltaba el porvenir.
¡Ay! Rosa, vigilada, ya no podría venir. ¿Podría ni tan siquiera escribir, y si escribía, podría hacerle llegar sus cartas?
No. Había visto la víspera y la antevíspera demasiado furor y malignidad en los ojos del viejo Gryphus para que su vigilancia se descuidara un momento, y luego, a demás de la reclusión, además de la ausencia, ¿no iría a sufrir ella tormentos peores todavía? Ese bruto, ese mal bicho, ese borracho, ¿no se vengaría a la manera de los padres de las tragedias griegas? Cuando la ginebra se le subiera a la cabeza, ¿no daría a su brazo, tan bien arreglado por Cornelius, el vigor de dos brazos y un garrote?
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