El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.146
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-¿Vos sois de Loevestein? -Soy la hija del carcelero de la fortaleza. El príncipe hizo un pequeño gesto que quería decir: «¡Ah! Eso es, ahora me acuerdo.» Y mientras parecía leer, miró a Rosa con más atención que antes. -¿Y vos amáis las flores? -continuó Van Systens. -Sí, señor. -Entonces ¿sois una técnica florista? Rosa vaciló un instante, luego con un acento salido de lo más profundo de su corazón, preguntó: -Señores, ¿hablo a gentes de honor? El acento era tan veraz, que Van Systens y el príncipe respondieron ambos al mismo tiempo con un
movimiento de cabeza afirmativo.
-¡Pues bien, no! ¡Yo no soy una técnica florista, no! Yo no soy más que una pobre hija del pueblo, una pobre aldeana de Frisia que, no hace tres mes es todavía, no sabía ni leer ni escribir. ¡No! El tulipán negro no ha sido hallado por mí.
-¿Y por quién ha sido hallado?
-Por un pobre prisionero de Loevestein.
-¿Por un prisionero de Loevestein? -inquirió el príncipe.
Al sonido de esta voz, fue Rosa la que se sobresaltó a su vez.
-Por un prisionero de Estado, entonces -continuó el príncipe-, porque en Loevestein no hay más que
prisioneros de Estado. Y se puso a leer de nuevo, o por lo menos hizo como si se pusiera a leer. -Sí -murmuró Rosa temblando-, sí, por un prisionero de Estado. Van Systens palideció al oír pronunciar tamaña confesión delante de un testigo semejante. -Continuad -ordenó fríamente Guillermo al pre sidente de la Sociedad Hortícola. -¡Oh, señor! -exclamó Rosa dirigiéndose a éste a qui en creía su verdadero juez-. Es que voy a
acusarme muy seriamente. -En efecto -dijo Van Systens-, los prisioneros de Estado deben permanecer en secreto en Loevestein. -¡Por desgracia, señor! -Y, después de lo que habéis dicho, parece que habéis aprovechado vuestra posición como hija del
carcelero y os habéis comunicado con él para cultivar unas flores. -Sí, señor -murmuró Rosa desatinada-. Sí, me veo forzada a confesarlo, le veía todos los días. -¡Desgraciada! -exclamó Van Systens. El príncipe levantó la cabeza al observar el espanto de Rosa y la palidez del presidente.
-Esto -anunció con su voz clara y firmemente acentuada- no compete a los miembros de la Sociedad Hortícola. Están para juzgar al tulipán negro y no conocen los delitos políticos. Continuad, muchacha, continuad.
Van Systens, con una elocuente mirada, le dio las gracias en nombre de los tulipanes al nuevo miembro de la Sociedad Hortícola.
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