El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.136
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Su padre la siguió gritando.
En cuanto al pobre tulipanero, soltó poco a poco las rejas que retenían sus convulsos dedos; su
cabeza se entonteció, sus ojos oscilaron en órbitas, y cayó pesadamente sobre el piso de la celda murmurando:
-¡Robado! ¡Me lo han robado!
Durante ese tiempo, Boxtel salía del castillo por la puerta que había abierto la misma Rosa. Boxtel, con el tulipán negro envuelto en un amplio manto, se había lanzado a una calesa que le esperaba en Gorcum, y desaparecía, sin haber advertido al amigo Gryphus, como es de suponer, de su salida.
Y ahora que le sabemos subido a la calesa, le seguiremos, si el lector consiente en ello, hasta el término de su viaje.
Caminaba lentamente; no se hace correr impunemente a un tulipán negro.
Pero Boxtel, temiendo no llegar bastante pronto, se hizo fabricar en Delft una caja guarnecida en todo su alrededor con musgo fresco, en la cual encajó su tulipán; la flor se hallaba allí tan muellemente reclinada por todos los lados, con aire por encima, que la calesa pudo emprender el galope sin perjuicio.
Llegó al día siguiente por la mañana a Haarlem cansado pero triunfante, cambió su tulipán de vasija, con el fin de hacer desaparecer toda señal de robo, rompió la vasija de mayólica cuyos trozos arrojó a un canal y escribió al presidente de la Sociedad Hortícola una carta en la que le anunciaba que acababa de llegar a Haarlem con un tulipán perfectamente negro, y se instaló en una buena hospedería con su flor intacta.
Y allí esperó.
El Tulipán Negro
XXV El Presidente Van Systens
Rosa, al dejar a Cornelius, había tomado su decisión. Devolverle el tulipán que acababa de robarle Jacob o no volverle a ver más.
Había visto la desesperación del pobre prisionero, la doble e incurable desesperación.
En efecto, por un lado, ésta era una separación ine vitable, al haber Gryphus sorprendido a la vez el secreto de sus amores y de sus citas.
Por el otro, era la ruina de todas las ambiciones de Cornelius van Baerle, y esas ambiciones las alimentaba desde hacía siete años.
Rosa era una de esas mujeres que se abaten por nada, pero que, llenas de fuerza contra una desgracia suprema, hallan en la misma desgracia la energía que puede combatirla, o el recurso que puede repararla.
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