El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.119
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Hablaron de esas cosas que ponen alas a los pies de las horas, que añaden plumas a las alas del
tiempo.
Hablaron de todo, excepto del tulipán negro..
Luego, a las diez, como de costumbre, se separaron.
Cornelius era feliz, tan completamente feliz como puede serlo un tulipanero a quien no se le ha hablado de su tulipán.
Encontraba a Rosa bonita como todos los amores de la Tierra; la hallaba buena, graciosa, encantadora.
Mas ¿por qué Rosa prohibía que se hablara del tulipán?
Ésta era una gran falta que Rosa cometía.
Cornelius se dijo, suspirando, que la joven no era absolutamente perfecta.
Una parte de la noche la pasó meditando sobre esta imperfección. Lo que quiere decir que, mientras estuvo despierto, pensó en Rosa.
Una vez dormido, soñó con ella.
Pero la Rosa de sus sueños era mucho más perfecta que la Rosa de la realidad. Aquélla no solamente hablaba del tulipán, sino que, además, traía a Cornelius un magnífico tulipán negro nacido en un jarro de China.
Cornelius se despertó temblando de alegría y mur murando: «Rosa, Rosa, te amo.»
Y como se hacía ya de día, Cornelius no juzgó oportuno volverse a dormir.
Conservó, pues, todo el día la idea que había tenido en su despertar.
¡Ah! Si Rosa le hubiera hablado del tulipán, Corne lius la hubiese preferido a la reina Semiramis, a la reina Cleopatra, a la reina Isabel, a la reina Ana de Austria, es decir, a las más grandes o a las más bellas reinas del mundo.
Pero Rosa había prohibido, bajo pena de no volver más, que se hablara del tulipán antes de tres largos días.
Eran setenta y dos horas concedidas al amante, es verdad; pero eran setenta y dos horas restadas al horticultor.
Cierto que de esas setenta y dos horas, ya habían transcurrido treinta y seis.
Las otras treinta y seis pasarían muy pronto, dieciocho horas esperando, dieciocho horas para
recordar.
Rosa volvió a la misma hora; Cornelius soportó heroicamente su penitencia. Hubiera sido un pitagórico más distinguido que Cornelius, y con tal de que se le hubiese permitido pedir una vez por día noticias de su tulipán, se habría quedado cinco años, según los estatutos de la Orden, sin hablar de otra cosa.
Por lo demás, la bella visitante comprendía realmente que cuando se ordena por un lado, hay que ceder por el otro.
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