El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.112
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platabanda donde debía plantar el tulipán, siempre mirando detrás de mí si, esta vez como la otra, era
seguida. -¿Y bien? -preguntó Cornelius. -¡Pues bien! La misma sombra se deslizó entre la puerta y la muralla, y desapareció también detrás
de los saúcos. -Simulasteis no verla, ¿verdad? -inquirió Corne lius, recordando con todo detalle el consejo que le
había dado a Rosa. -Sí, y me incliné sobre la platabanda que excavé con una azada como si pla ntara el bulbo. -¿Y él... él... durante ese tiempo? -Yo veía brillar sus ojos ardientes como los de un tigre a través de las ramas de los árboles. -¿Veis? ¿Veis? -exclamó Cornelius. -Luego, acabado ese remedo de operación, me retiré. -Pero detrás de la puerta del jardín solamente, ¿verdad? De forma que a través de las grietas o de la
cerradura de esa puerta pudierais ver lo que hacia él una vez vos hubieseis partido.
-Esperó un instante sin duda para asegurarse de que yo no volvería, luego salió a paso de lobo de su escondrijo, se acercó a la platabanda dando un largo rodeo, llegó por fin a su meta, es decir, frente al lugar donde la tierra aparecía recién removida, se detuvo con aire indiferente, miró hacia todos lados, interrogó cada ángulo del jardín, interrogó cada ventana de las casas vecinas, interrogó la tierra, el cielo, el aire, y creyendo que se hallaba realmente solo, fuera de la vista de todo el mundo, se precipitó sobre la platabanda, hundió sus dos manos en la tierra blanda, recogió una porción que deshizo suavemente entre sus manos para ver si el bulbo se encontraba allí, repitió tres veces el mismo manejo y cada vez con una acción más ardiente, hasta que al fin, comenzando a comprender que podía haber sido engañado con alguna superchería, calmó la agitación que le devoraba, cogió el rastrillo, igualó el terreno para dejarlo en el mismo estado en que se hallaba antes de que lo hubiera registrado y, completamente avergonzado, completamente corrido, cogió el camino de la puerta afectando el aspe cto inocente de un paseante ordinario.
-¡Oh, el miserable! -murmuró Cornelius, enjugando las gotas de sudor que perlaban su frente-. ¡Oh, el miserable! Lo había adivinado. Pero entonces, Rosa, ¿qué habéis hecho con el bulbo? ¡Ay! Ya es un poco tarde para plantarlo.
-El bulbo está en la tierra desde hace seis días.
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