El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.111
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Rosa sonrió melancólicamente.
-¡Ah! -dijo-. Es que vuestro tulipán ha corrido un peligro muy grande.
Cornelius se sobresaltó a su pesar, y se dejó coger en la trampa si es que aquello lo era.
-¡Un peligro muy grande! -exclamó tembloroso-. Dios mío, ¿cuál?
Rosa le miró con una dulce compasión, sintiendo que lo que ella quería estaba por encima de las
fuerzas de aquel hombre, y que había que aceptar a éste con su debilidad. -Sí -dijo-. Adivinasteis precisamente que el pretendiente amoroso, Jacob, no venía por mí. -¿Y por quién venía, pues? -preguntó Cornelius con ansiedad. -Por el tulipán. -¡Oh! -exclamó Cornelius palideciendo ante esta noticia más de lo que había palidecido cuando
Rosa, equivocándose, le había anunciado quince días antes que Jacob acudía a la fortaleza por verla a ella. Rosa vio este terror, y Cornelius percibió por la expresión de su rostro que ella pensaba lo que acabamos de decir.
-¡Oh! Perdonadme, Rosa -se excusó-. Yo os co nozco, sé la bondad y la honestidad de vuestro corazón. A vos, Dios os ha dado el pensamiento, el juicio, la fuerza y el movimiento para defenderos, pero a mi pobre tulipán amenazado, Dios no le ha dado nada de todo eso.
Rosa no respondió a esta excusa del prisionero y continuó:
-Desde el momento en que ese hombre, que me había seguido al jardín y al que había reconocido como Jacob, os inquietaba, me inquietaba a mí mucho más todavía. Hice, pues, lo que me habíais dicho, a la mañana siguiente de l día en que os vi por última vez y en el que me dijisteis...
Cornelius la interrumpió. -Perdón, una vez más, Rosa -exclamó-. Me equivoqué al deciros lo que os dije. Ya os he pedido mi perdón por aquella fatal palabra. Os lo pido de nuevo. ¿Será, pues, sie mpre en vano? -A la mañana siguiente a aquel día -prosiguió Rosa-, acordándome de lo que me habíais dicho... de
la trampa a emplear para asegurarme si era a mí o al tulipán a quien ese odioso hombre seguía... -Sí, odioso... No es verdad -murmuró él- que vos odiéis realmente a ese hombre. -Sí, le odio -afirmó Rosa- ¡porque es la causa de que esté sufriendo tanto desde hace ocho días! -¡Ah! ¿Vos también habéis sufrido, entonces? Gra cias por esta hermosa palabra, Rosa. -A la mañana siguiente de aquel desgrac iado día -continuó Rosa- bajé al jardín, y avancé hacia la
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