El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.98
Indice General
|
Volver
Página 98 de 180
El azar o aquella habilidad fatal que el espíritu del mal concede a veces a los seres maléficos, hizo que su gruesa mano callosa se posara desde el principio en medio de la vasija, sobre la porción de tierra deposita ria de la preciosa cebolla, aquella mano rota por encima de la muñeca y que Cornelius
van Baerle le había arreglado tan bien. -¿Qué tenéis ahí? -gritó. Y hundió su mano en la tierra. -¿Yo? ¡Nada, nada! -exclamó Cornelius muy tembloroso. -¡Ah! ¡Una vasija! ¡Tierra! ¡Hay algún secreto oculto aquí! . -¡Cuidado, señor Gryphus! -suplicó Van Baerle, inquieto como la perdiz a la que el segador acaba de
quitarle su pollada. Y es que Gryphus comenzaba a escarbar en la tie rra con sus ganchudos dedos. -¡Señor, señor! ¡Tened cuidado! -imploró Corne lius palideciendo. -¿A qué? ¡Voto a Dios! ¿A qué? -aulló el carcelero. -¡Tened cuidado, os digo! ¡Va is a lastimarlo! Y con un rápido movimiento, casi desesperado, arrancó de las manos del carcelero la vasija, que
ocultó como un tesoro bajo el amparo de sus dos brazos.
Pero Gryphus, testarudo como viejo, y cada vez más convencido de que acababa de descubrir una cons piración contra el príncipe de Orange, corrió hacia su prisionero con el garrote levantado, y viendo la impa sible resolución del cautivo en proteger su recipiente de flores, comprendió que Cornelius temblaba mucho menos por su cabeza que por su vasija.
Trató, pues, de arrancársela a viva fuerza.
-¡Ah! -decía el carcelero furioso-. Ved que os estáis rebelando.
-¡Dejadme mi tulipán! -gritaba Van Baerle.
-Sí, sí, tulipán -replicaba el viejo-. Conocemos las tretas de los prisioneros.
-Pero yo os juro...
-Soltad -repetía Gryphus pataleando-. Soltad, o llamo a la guardia.
-Llamad a quien queráis, pero no obtendréis esta pobre flor más que con mi vida.
Gryphus, exasperado, hundió sus dedos por segunda vez en la tierra, y esta vez sacó el bulbo todo
negro, y mientras Van Baerle se sentía feliz por haber salvado el continente, no imaginándose que su adversario poseía el contenido, Gryphus lanzó violentamente el bulbo reblandecido que se aplastó sobre la baldosa y desapareció casi enseguida triturado, casi convertido en papilla, bajo el grueso zapato del carcelero.
Van Baerle vio el crimen, entrevió los restos húmedos, comprendió aquella alegría feroz de Gryphus y lanzó un grito desesperado que conmovió a ese carcelero asesino que, unos años antes, había matado la araña de Pellison.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-180
|