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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.88

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Rosa había huido tan precipitadamente que se había olvidado de devolver a Cornelius los tres bulbos del tulipán negro.

El Tulipán Negro
XVI Maestro Y Alumna
El infeliz Gryphus, como ha podido verse, se hallaba lejos de participar de la buena voluntad de su hija por el ahijado de Corneille de Wit t.
No había más que cinco prisioneros en Loevestein; la tarea de guardián no era, pues, difícil de realizar, y la cárcel era una especie de sinecura dada la edad de Gryphus.
Pero en su celo, el digno carcelero había agrandado con toda la potencia de su imaginación la tarea que le habían impuesto. Para él, Cornelius había adquirido la proporción gigantesca de un criminal de primer orden. Se había convertido, en consecuencia, en el más peligroso de sus prisioneros. Vigilaba cada uno de sus pasos, no le abord aba más que con el rostro airado, haciéndole sentir la carga de lo que él llamaba su espantosa rebelión contra el elemento estatúder.
Entraba tres veces por día en la celda de Van Baerle, esperando sorprenderlo en falta, pero Cornelius había renunciado a sus corresponsales desde que tenía su correspondencia bajo mano. Era incluso probable que Cornelius, si hubiera obtenido su libertad entera y el permiso completo para retirarse donde hubiese querido, le habría parecido preferible el domicilio de la prisión con Rosa y sus bulbos a cualquier otro domicilio sin sus bulbos y sin Rosa.
Y es que, en efecto, cada noche a las nueve, Rosa había prometido venir a charlar con el querido prisio nero, y desde la primera noche, como hemos visto, mantuvo su palabra.
Al día siguiente, subió como la víspera, con el mismo misterio y las mismas precauciones. Sólo que se había prometido a sí misma no acercar demasiado su rostro al enrejado. Por otra parte, para abordar desde el primer momento una conversación que pudiera ocupar seriamente a Van Baerle, comenzó por tenderle a través del enrejado sus tres bulbos siempre envueltos en el mismo papel.
Mas, con gran asombro de Rosa, Van Baerle recha zó su blanca mano con la punta de los dedos.
El joven había reflexionado.
-Escuchadme -dijo-, arriesgaríamos demasiado, creo, poniendo toda nuestra fortuna en el mismo
saco. Pensad que se trata, mi querida Rosa, de realizar una empresa que se considera hasta hoy como imposible.


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