El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.87
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-¿Cómo, querida Rosa -exclamó Cornelius- pensabais, antes de recibir mi carta, venir a reuniros conmigo?
-¡Sí, pensaba en ello! -respondió Rosa dejando que su amor pasara por delante de su pudor-. ¡Pero si no pensaba en otra cosa!
Y diciendo estas palabras, Rosa se puso tan bella que, por segunda vez, Cornelius precipitó su frente
y sus labios contra el enrejado, sin duda para agradecérselo a la hermosa joven.
Rosa retrocedió como la primera vez.
-En verdad -dijo con aquella coquetería que late en el corazón de toda joven-en verdad, he lamentado muy a menudo no saber leer; pero nunca tanto y de la misma forma que cuando vuestra nodriza me trajo vuestra carta; tenía en mi mano esa carta que hablaba para los demás y que, pobre tonta que soy, estaba muda para mí.
-¿Habéis lamentado a menudo no saber leer? -preguntó Cornelius-. ¿Y con qué motivo?
-Toma -dijo la joven riendo- para leer todas la cartas que me escribían.
-¿Vos recibíais cartas, Rosa?
-Por centenares.
-Pero ¿quién os las escribía...?
-¿Quién me escribía? Primero, todos los estudiantes que pasaban por la Buytenhoff, todos los oficiales que iban a la plaza de armas, todos los dependientes e incluso los mercaderes que me veían en mi ventana.
-¿Y con todas esas notas, querida Rosa, qué ha cíais vos?
-Unas veces -respondió Rosa- me las hacía leer por alguna amiga, y esto me divertía mucho, pero al cabo de cierto tiempo, ¿para qué perderlo escuchando todas esas tonterías? Las quemaba.
-¡Al cabo de cierto tiempo! -exclamó Cornelius con una mirada turbada a la vez por el amor y la alegría.
Rosa bajó los ojos, ruborizada.
De forma que no vio acercarse los labios de Corne lius que no encontraron, por desgracia, más que el enrejado; pero que a pesar de este obstáculo, enviaron hasta los labios de la joven el aliento ardiente del más tierno de los besos.
Ante esa llama que quemó sus labios, Rosa se puso muy pálida, más pálida tal vez que en la Buytenhoff, el día de la ejecución. Lanzó un gemido lastimero, cerró sus bellos ojos y huyó con el corazón palpitante, intentando en vano comprimir con la mano los latidos de su corazón. Cornelius, al quedarse solo, se vio reducido a aspirar el dulce perfume de los cabellos de Rosa, que permaneció como cautivo entre el enrejado.
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