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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.86

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Esperó impacientemente a que sonaran las nueve horas en el torreón de Loevestein.
Rosa había dicho: «A las nueve, esperadme.»
La última nota de bronce vibraba todavía en el aire cuando Cornelius oyó en la escalera el paso ligero y la ropa susurrante de la bella frisona, y enseguida el enrejado de la puerta sobre la que Cornelius van Baerle fijaba ardientemente los ojos se iluminó.
El postigo acababa de abrirse por fuera.
-Aquí estoy -dijo Rosa todavía completamente sofocada por haber tenido que subir la escalera-. ¡Aquí estoy!
-¡Oh, buena Rosa!
-¿Estáis contento de verme?
-¡Me lo preguntáis! Pero ¿cómo os las habéis arreglado para venir? Decidme.
-Escuchad, mi padre se duerme cada noche casi enseguida después de cenar; entonces, le acuesto un
poco aturdido por la ginebra; no se lo digáis a nadie porque, gracias a este sueño, podré venir cada
noche a charlar una hora con vos.
-¡Oh! Os lo agradezco, Rosa, querida Rosa.
Y diciendo estas palabras, Cornelius acercó tanto su rostro al postigo que Rosa retiró el suyo.
-Os he traído vuestros bulbos de tulipán -dijo.
El corazón de Cornelius saltó. No se había atrevido a preguntar todavía a Rosa lo que había hecho con el precioso tesoro que le había confiado cuando creyó que iba a la muerte.
-¡Ah! ¡Los habéis, pues, conservado!
-¿No me los habíais dado como una cosa que os era muy querida?
-Sí, pero precisamente porque os los había dado, me parece que son vuestros.
-Hubieran sido míos después de vuestra muerte y estáis vivo, por fortuna. ¡Ah! Cómo he bendecido a Su Alteza. Si Dios concede al príncipe Guillermo todas las felicidades que le he deseado, el rey Guillermo será ciertamente no sólo el hombre más dichoso de su reino sino de toda la tierra. Vos estáis vivo, digo, y aunque conservando la Biblia de vuestro padrino Corneille, estaba resuelta a traeros vuestros bulbos; solamente, que no sabía cómo hacerlo. Ahora bien, acababa de tomar la resolución de ir a pedir al estatúder la plaza de carcelero de Gorcum para mi padre, cuando la nodriza me trajo vuestra carta. ¡Ah! Lloramos mucho juntas, os respondo de ello. Pero vuestra carta no hizo más que re­afirmarme en mi resolución. Entonces fue cuando par tí para Leiden; ya sabéis el resto.


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