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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.85

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Página 85 de 180


Gryphus se dirigió a la ventana.
Había todavía bastante luz para que se viera, sin distinguirlo, un horizonte inmenso que se perdía en una bruma grisácea.
-¿Qué vista hay desde aquí? -preguntó el carcelero.
-Muy hermosa -contestó Cornelius mirando a Rosa.
-Sí, sí, demasiada vista, demasiada vista.
En este momento, los dos palomos, espantados por la aparición y, sobre todo, por la voz de aquel descono cido, salieron de su nido, y desaparecieron asustados en la niebla.
-¡Oh! ¡Oh! ¿Qué es esto? -preguntó el carcelero.
-Mis palomos -respondió Cornelius.
-¡Mis palomos! -exclamó el carcelero-. ¡Mis palomos! ¿Es que un prisionero tiene alguna cosa suya?
-Entonces -dijo Cornelius- ¿los palomos que el Buen Dios me ha prestado...?
-He aquí una infracción -replicó Gryphus-. ¡Unos palomos! ¡Ah!, joven, joven, os prevengo de una cosa, y es que, no más tarde de mañana, estos pájaros hervirán en mi olla.
-Sería preciso primero que vos los cogierais, maese Gryphus -dijo Van Baerle-. Vos no queréis que sean mis palomos; todavía so n menos vuestros, os lo juro, que lo son míos.
-Lo que está diferido, no está perdido -refunfuñó el carcelero- y no más tarde de mañana, les retor­ceré el cuello.
Y mientras profería esta maligna promesa a Corne lius, Gryphus se inclinó hacia fuera para examinar la estructura del nido. Lo que dio tiempo a Van Baerle para correr a la puerta y estrechar la mano de Rosa que le dijo:
-Esta noche, a las nueve.
Gryphus, enteramente ocupado con el deseo de coger al día siguiente los palomos como había prome tido hacer, no vio nada, no oyó nada; y como había cerrado la ventana, agarró a su hija por el brazo, salió, dio una doble vuelta a la llave, empujó los cerrojos, y se fue a hacer las mismas promesas a otro prisionero.
Apenas hubo desaparecido, Cornelius se ace rcó a la puerta para escuchar el ruido decreciente de los pasos. Luego, cuando se apagaron, corrió a la ventana y demolió de punta a rabo el nido de los palomos.
Prefería alejarlos para siempre de su presencia que exponer a la muerte a los gentiles mensajeros a los que debía la dicha de haber vuelto a ver a Rosa.
Aquella visita del carcelero, sus brutales amenazas, la sombría perspectiva de su vigilancia de la que cono cía los abusos, nada de todo eso pudo distraer a Corne lius de los dulces pensamientos y, sobre todo, de la dulce esperanza que la presencia de Rosa acababa de resucitar en su corazón.


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