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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.84

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Página 84 de 180


Con tal motivo el médico de la Buytenhoff, que conoce su oficio, quería rompérmelo de nuevo para arreglármelo según las reglas, prometiendo que, esta vez, estaría tres meses sin poderlo utilizar.
-¿Y vos no habéis querido?
-Yo dije: «No.» Mientras pueda hacer la señal de la cruz con este brazo -Gryphus era católico-, mientras pueda hacer la señal de la cruz, me río del diablo.
-Pero si os reís del diablo, maese Gryphus, con mayor razón debéis reíros de los sabios.
-¡Oh! ¡Los sabios, los sabios! -exclamó Gryphus sin responder a la interpelación-. ¡Los sabios! Preferiría tener diez militares a guardar, que un solo sabio. Los militares fuman, beben, se emborrachan; son dulces como corderos cuando se les da aguardiente o vino del Mosa. Pero un sabio, ¿beber, fumar, emborracharse? ¡Pues sí! Es sobrio, no gasta nada en eso, y así mantiene su cabeza fresca para conspirar. Pero empiezo por deciros que no os resultará fácil conspirar. En primer lugar nada de libros , nada de papeles, nada de galimatías. Fue con los libros como el señor De Grotius se salvó.
-Yo os aseguro, maese Gryphus -replicó Van Baerle - que tal vez haya tenido por un instante la idea de salvarme, pero ciertamente ya no la tengo.
-¡Está bien! ¡Está bien! -concedió Gryphus-. Vigilaos vos mismo, yo haré otro tanto. Esto es igual,
es igual. Su Alteza cometió una falta grave.
-¿No dejando que me cortaran la cabeza...? Gracias, gracias, maese Gryphus.
-Sin duda. Ved si los señores De Witt no están ahora bien tranquilos.
-Es espantoso eso que decís, señor Gryphus -replicó Van Baerle volviéndose para ocultar su desagra­do-. Olvidáis que uno era mi amigo, y el otro... el otro mi segundo padre.
-Sí, pero recuerdo que tanto el uno como el otro eran unos conspiradores. Y además, hablo por filan­tropía.
-¡Ah! ¿De veras? Explicad, pues, un poco esto, querido Gryphus, pues no lo comprendo muy bien.
-Sí. Si vos os hubiérais quedado en el tajo de maese Harbruck...
-¿Y bien?
-¡Pues bien! No sufriríais ya. Mientras q ue aquí, no os oculto que voy a haceros la vida muy dura.
-Gracias por la promesa, maese Gryphus.
Y mientras el prisionero sonreía irónicamente al viejo carcelero, Rosa detrás de la puerta le respondía con una sonrisa llena de angélica consolación.


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