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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.82

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Se levantó, aguzando el oído, inclinando el cuerpo hacia la puerta.
Sí, aquellos eran realmente los acentos que tan dulcemente le habían emocionado en La Haya.
Pero ahora, Rosa, que había realizado el viaje de La Haya a Loevestein; Rosa, que había conseguido,

Corne lius no sabía cómo, penetrar en la prisión, ¿lograría lle gar felizmente hasta el prisionero?
Mientras Cornelius, a ese respecto, amontonaba pensamiento sobre pensamiento, deseos sobre inquietudes, el postigo colocado en la puerta de su celda se abrió, y Rosa, resplandeciente de alegría, de compostura, bella sobre todo por la pena que había empalidecido sus mejillas desde hacía cinco meses, pegó su rostro al enrejado de Cornelius diciéndole:
-¡Oh, señor! Señor, aquí estoy.
Cornelius extendió el brazo, miró al cielo y lanzó un grito de alegría.
-¡Oh! ¡Rosa, Rosa! -exclamó.
-¡Silencio! Hablemos bajo, mi padre me sigue -advirtió la joven.

-¿Vuestro padre?
-Sí, está en el patio, al pie de la escalera, recibe las instrucciones del gobernador, va a subir.
-¿Las instrucciones del gobernador...?
-Escuchadme, voy a tratar de decíroslo todo en dos palabras: El estatúder tiene una casa de campo a

una legua de Leiden, una gran lechería no es otra cosa: mi tía, su nodriza, es la que lleva la dirección de todos los animales que están encerrados en esa granja. Cuando recibí vuestra carta no pude leerla, por desgracia, pero cuando vuestra nodriza me la leyó, corrí a casa de mi tía; allí me quedé hasta que el príncipe vino a la lechería, y cuando vino, le pedí que mi padre cambiara sus funcio nes de primer portallaves de la prisión de La Haya por las funciones de carcelero de la fortaleza de Loevestein. No se imaginaba mi propósito; de haberlo sabido, tal vez hubiera rehusado; por el contrario, lo concedió.
-De forma que estáis aquí.
-Como véis.
-¿De forma que os veré todos los días?
-Lo más a menudo que pueda.
-¡Oh, Rosa! ¡Mi bella madona Rosa! -dijo Cornelius-. ¿Me amáis, pues, un poco?
-Un poco... -contestó ella-. ¡Oh! No sois bastante exigente, señor Cornelius.
Cornelius le tendió apasionadamente las manos, pero sólo sus dedos pudieron tocarse a t ravés del

enre jado. -¡Aquí está mi padre! -exclamó la joven. Y Rosa abandonó vivamente la puerta y se lanzó hacia el viejo Gryphus que apareció en lo alto de la


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