El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.81
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Sintió una buena amistad
por los palomos que habían acudido demandándole hospitalidad, y cuando el criado de Isaac reclamó para comérselos a los doce o quince últimos como se había comi do los doce o quince primeros, le ofreció rescatarlos mediante seis sous de Holanda el ejemplar.
Esto era el doble de lo que valían los palomos; así pues, el criado lo aceptó con gran alegría.
La nodriza pasó a ser entonces la legítima propietaria de los palomos del envidioso.
Estos palomos estaban mezclados con aquellos que en sus peregrinaciones visitaban La Haya,
Loevestein y Rótterdam, yendo a buscar sin duda trigo de otra naturaleza, cañamones de otro gusto. El azar, o más bien Dios, Dios al que vemos en el fondo de todas las cosas, había hecho que Cornelius van Baerle cazara precisamente uno de aquellos palomos.
Resulta de ello que si el envidioso no hubiera abandonado Dordrecht para seguir a su rival a La Haya primero, luego a Gorcum o a Loevestein, como se verá, no estando separadas las dos localidades más que por la unión del Waal y del Mosa, hubiera sido en sus manos y no en las de la nodriza donde habría caído la nota escrita por Van Baerle, de suerte que el pobre prisione ro, como el cuervo del remendón romano, habría per dido su tiempo y su trabajo, y en lugar de tener que contar los variados sucesos que, semejantes a un tapiz de mil colores van a desarrollarse bajo nuestra pluma, no hubiéramos tenido que describir más que una serie de días pálidos, tristes y sombríos como el manto de la noche.
La nota cayó, pues, en manos de la nodriza de Van Baerle.
De este modo, hacia los primeros días de febrero, cuando las primeras horas de la noche descendían del cielo dejando tras ellas las estrellas nacientes, Cornelius oyó en la escalera de la torrecilla una voz que le hizo estremecer.
Se llevó la mano al corazón y escuchó.
Aquélla era la voz dulce y armoniosa de Rosa.
Confesémoslo, Cornelius no hubiera quedado tan aturdido por la sorpresa, tan loco de alegría como
lo hubiese estado sin la historia del palomo. El palomo le había traído la esperanza bajo su ala vacía a cambio de su carta, y como conocía a Rosa esperaba tener cada día, si le habían entregado la nota, noticias de su amor y de sus bulbos.
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