El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.80
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«Estos palomos -se dijo Van Baerle- vienen de Dordrecht, y por consiguiente deben de regresar allí.» Alguien que fijara un mensaje en el ala de uno de esos palomos tendría la oportunidad de comunicar sus noti cias a Dordrecht, donde alguien debía llorarlo.
«Ese alguien -añadió Van Baerle para sí después de un momento de meditación- sere yo.»
Se es paciente cuando se tienen veintiocho años y se está condenado a prisión perpetua, es decir, a algo como veintidós o veintitrés mil días de prisión.
Van Baerle, siempre pensando en sus tres bulbos, porque este pensamiento latía siempre en el fondo de su pecho, confeccionó una trampa para palomos. Intentó capturar esos volátiles con todos los recursos de su ha cienda, dieciocho sous de Holanda por día -doce sous de Francia- y al cabo de un mes de infructuosas tentativas, cazó una hembra.
Tardó otros dos meses para capturar un macho; lue go los encerró juntos, y hacia principios del año 1673, habiendo obtenido unos huevos, soltó a la hembra que, confiando en el macho que los cubría en su lugar, se dirigió alegremente hacia Dordrecht con su mensaje bajo el ala.
Regresó por la noche.
Había conservado el mensaje.
Lo guardó así quince días, con gran decepción de Van Baerle al principio y luego con gran desesperación.
Al decimosexto día, por fin, regresó de vacío.
Ahora bien, Van Baerle dirigía esa nota a su nodriza, la vieja frisona, y suplicaba a las almas caritativas que la hallaran, que la entregaran con la mayor seguridad y rapidez posible.
En esta carta, dirigida a su nodriza, había una pequeña nota destinada a Rosa.
Dios, que transporta con su aliento las simientes de alhelíes a las murallas de los viejos castillos y las
hace florecer con un poco de lluvia, permitió que la nodriza de Van Baerle recibiera aquella carta. Sucedió así: Dejando Dordrecht por La Haya y La Haya por Gorcum, Mynheer Isaac Boxtel había abandonado no
solamente su casa, a su criado, su observatorio, su telescopio, sino también sus palomos. El criado, al que había dejado sin dinero, comenzó por comerse los pocos ahorros que tenía y a
continua ción se puso a comerse los palomos. Viendo lo cual, los palomos emigraron del tejado de Isaac Boxtel al tejado de Cornelius van Baerle. La nodriza poseía un bondadoso corazón y tenía necesidad de amar algo.
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