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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.79

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Podría creerse que esto ya era bastante para Boxtel.
Nos equivocaríamos.
Boxtel, puesto en pie, se arrancó cuantos cabellos pudo, y los lanzó en holocausto a esa divinidad feroz e insensible que se llama Envidia.
XIV Los Palomos De Dordrecht
Constituía ya ciertamente un gran honor para Cor nelius van Baerle el ser encerrado justamente en aque lla misma prisión que había recibido al sabio Grotius.
Pero una vez llegado a la prisión, le esperaba un honor mucho más grande. Ocurrió que la celda ocupada por el ilustre amigo de Barneveldt estaba vacante en Loevestein cuando la clemencia del príncipe Guillermo de Orange envió allí al tulipanero Cornelius van Baerle.
Esa celda tenía realmente una mala reputación en el castillo desde que, gracias a la imaginación de su mujer, Grotius había huido en el famoso baúl de libros que se habían olvidado de registrar.
Por otro lado, el que le dieran aquella celda por alojamiento, le pareció de muy buen augurio a Van Baerle, porque nunca, según su punto de vista, un carcelero hubiera debido hacer habitar a un segundo palomo la jaula de donde un primero había volado tan fácilmente.
La celda es histórica. No perderemos, pues, nuestro tiempo consignando aquí los detalles, salvo un hueco que había sido practicado por madame Grotius. Era una celda de prisión como las otras, más alta tal vez; así, por la ventana enrejada, se disponía de una encantadora vista.
Por otra parte, el interés de nuestra historia no reside en un cierto número de descripciones de interiores. Para Van Baerle, la vida era otra cosa que un aparato respiratorio, El pobre prisionero amaba más allá de su máquina neumática dos cosas de las que sólo el pensamiento, este libre viajero, podía en lo sucesivo conseguirle la posesión artificial:
Una flor y una mujer, la una y la otra perdidas para siempre para él.
¡Por fortuna, el bueno de Van Baerle se equivocaba! Dios, que en el momento en que caminaba hacia el patíbulo, le había mirado con la sonrisa de un padre, le reservaba en el seno mismo de su prisión, en la celda de Grotius, la existencia más venturosa que jamás tulipane ro alguno hubiera podido vivir.
Una mañana, desde su ventana, mientras aspiraba el aire fresco que subía del Waal y admiraba en la lejanía, tras un bosque de chimeneas, los molinos de Dordrecht, su patria, vio una bandada de palomos que venían desde ese punto del horizonte a posarse, agitándose al sol, sobre los remates agudos de Loevestein.


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