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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.77

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Había vuelto a la carga.
Al estar Gryphus en su lecho, febril y con el brazo roto, Boxtel se había vuelto hacia Rosa, ofreciendo a la joven, a cambio de los tres bulbos, un tocado de oro puro. A lo que la noble joven, aunque ignorando todavía el valor del robo que se le proponía y por el que le ofrecían pagar tan bien, había enviado al tentador al verdugo, no solamente el último juez, sino también el último y macabro heredero del condenado a muerte.
El envío hizo nacer una idea en la mente de Boxtel.
Entretanto, el fallo se había pronunciado, fallo expeditivo, como se vio. Isaac se detuvo en consecue ncia en la idea que le había sugerido Rosa; fue a buscar al verdugo.
Isaac no se imaginaba que Cornelius no muriera con sus tulipanes sobre el corazón.
En efecto, Boxtel no podía adivinar dos cosas:
Rosa, es decir, el amor.
Guillermo, es decir, la clemencia.
Menos Rosa y Guillermo, los cálculos del envidio so eran exactos.
Menos Guillermo, Cornelius moriría.
Menos Rosa, Cornelius moriría, con sus bulbos sobre el corazón.
Mynheer Boxtel fue, pues, a buscar al verdugo, se presentó a él como un gran amigo del condenado, y menos las joyas de oro y el dinero que dejaba al ejecutor, compró todos los expolios del futuro muerto por la suma un poco exorbitante de cien florines.
Pero ¿qué eran cien florines para un hombre casi seguro de adquirir por esa suma el premio de la Sociedad de Haarlem?
Aquello era dinero invertido al mil por uno, lo que resulta, hay que convenir en ello, una bonita imposición.
La tarea del verdugo, por su parte, era casi nula para ganarse sus cien florines. Sólo debía, acabada la ejecución, dejar a Mynheer Boxtel subir al patíbulo con sus criados para recoger los restos inanimados de su amigo.
Lo que, por lo demás, estaba en uso entre los fieles cuando uno de sus maestros moría públicamente en la Buytenhoff.
Un fanático como Cornelius podía muy bien tener otro fanático que diera cien florines por sus reliquias.
Así pues, el verdugo aceptó la proposición. No ha bía puesto más que una condición: que sería pagado por adelantado.
Boxtel, como las gentes que entran en las barracas de feria, podía no quedar contento y, por consiguiente, no querer pagar al salir.


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