El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.76
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Entre todos aquellos espectadores que la ejecución de Van Baerle había atraído a la Buytenhoff, y a los que el giro de los acontecimientos había contrariado un poco, el que más era, evidentemente, cierto burgués vestido adecuadamente y que, desde la mañana, había empleado tan bien los pies y las manos, que había llega do a no estar separado del patíbulo más que por la fila de soldados que rodeaban el instrumento de suplicio.
Muchos se habían mostrado ávidos de ver correr la sangre pérfida del culpable Cornelius; pero nadie había puesto en la expresión de este funesto deseo el encarnizamiento que había empleado el burgués en cuestión.
Los más furiosos habían acudido a la Buytenhoff al rayar el día para obtener un buen puesto; pero él, adelantándose a los más furiosos, había pasado la noche en el umbral de la prisión, y de la prisión había llegado a la primera fila, como hemos dicho, unguibus et rostro, acariciando a los unos y golpeando a los otros.
Y cuando el verdugo había conducido a su conde nado al patíbulo, el burgués, subido a un mojón de la fuente para mejor ver y ser visto mejor, había hecho al verdugo un gesto que significaba:
«Está convenido, ¿verdad?»
Gesto al que el verdugo había respondido con otro que quería decir:
«Estad tranquilo.»
¿Quién era, pues, ese burgués que parecía estar tan a bien con el verdugo, y qué quería decir ese intercambio de gestos?
Nada más natural; aquel burgués era Mynheer Isaac Boxtel que desde el arresto de Cornelius había venido, como hemos visto, a La Haya para tratar de apropiarse de los tres bulbos del tulipán negro.
Boxtel había intentado primero inclinar a Gryphus hacia sus intereses, pero éste tenía algo de bulldog por la fidelidad, la desconfianza y la vigilancia de sus presas. En consecuencia, había tomado a contrapelo el odio de Boxtel, al que había considerado como un ferviente amigo que se interesaba por cosas indiferentes para preparar seguramente algún medio de evasión del prisionero.
Así, a las primeras proposiciones que Boxtel le había hecho, para sustraer los bulbos que Cornelius van Baerle debía de ocultar, si no en su pecho, al menos en algún rincón de su calabozo, Gryphus sólo había res pondido con una expulsión acompañada de las caricias del perro de la escalera.
Boxtel no se había descorazonado por un fondillo de los pantalones dejado en los dientes del moloso.
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