El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.75
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Está Rosa en la reclusión perpetua. Están también mis tres bulbos del tulipán negro.»
Pero Cornelius olvidaba que las Siete Provincias pueden tener siete prisiones, una por provincia, y que el pan del prisionero es menos caro en cualquier parte que en La Haya, que es una capital.
Su Alteza Guillermo, que no tenía, al parecer, los medios para alimentar a Van Baerle en La Haya, lo enviaba a cumplir su prisión perpetua a la fortaleza de Loevestein, muy cerca de Dordrecht y, sin embargo, por desgracia, muy lejos.
Porque Loevestein, dicen los geógrafos, está situa da en la punta de la isla que forman, frente a Gorcum, el Waal y el Mosa.
Van Baerle sabía bastante historia de su país para no ignorar que el célebre Grotius había sido encerrado en ese castillo después de la muerte de Barneveldt, y que los Estados, en su generosidad hacia el célebre publicis ta, jurisconsulto, historiador, poeta y teólogo; le habían concedido la suma de veinticuatro sous en Holanda por día para su alimentación.
«A mí, que estoy muy lejos de valer lo que Grotius -se dijo Van Baerle-, me asignarán doce sous con gran trabajo, y viviré muy mal, pero en fin, viviré.»
Luego, de repente, golpeado por un terrible recuerdo, exclamó en voz alta:
-¡Ah! ¡Ese país es húmedo y nubloso! ¡Y el terreno es malo para los tulipanes! Y, además, Rosa,
Rosa que no estará en Loevestein -murmuró ya en tono menor, dejando caer sobre el pecho la cabeza a la que tan poco había faltado para que cayera más abajo.
XIII Lo Que Ocurría Durante Ese Tiempo En El Alma De Un Espectador
Mientras Cornelius reflexionaba sobre su suerte, una carroza se había aproximado al patiíbulo.
Aquella carroza era para el prisionero. Se le invitó a subir a ella; obedeció.
Su última mirada fue para la Buytenhoff. Esperaba ver en la ventana el rostro consolado de Rosa, pero la carroza estaba enganchada a buenos caballos que se llevaron enseguida a Van Baerle del seno de las aclamaciones que voci feraba aquella multitud en honor del muy magnánimo estatúder, con una cierta mezcla de invectivas dirigidas a los De Witt y a su ahijado salvado de la muerte.
Lo cual hacía decir a los espectadores:
-Ha sido una suerte que nos hayamos apresurado a hacer justicia con aquel gran criminal de Jean y el muy bribón de Corneille, pues de no haber obrado así, la clemencia de Su Alteza nos los hubiera quitado como acaba de quitarnos a ése.
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