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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.74

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Volvió a abrir los ojos.
Alguien leía algo a su lado, sobre un gran pergamino sellado con un gran timbre de cera roja.
Y el mismo sol, amarillo y pálido como conviene a un sol holandés, lucía en el cielo; y la misma ventana enrejada le miraba desde lo alto de la Buytenhoff; y los mismos bellacos, ya no aullantes sino pasmados, le contemplaban desde abajo, en la plaza.
A fuerza de abrir los ojos, de mirar, de escuchar, Van Baerle comenzó a comprender esto:
Que monseñor Guillermo, príncipe de Orange, te mía sin duda que las diecisiete libras de sangre que Van Baerle, con unas onzas más tenía en el cuerpo, no hicieran desbordar la copa de la justicia celeste; que había sentido piedad por su carácter y sus apariencias de ino cencia.
En consecuencia, Su Alteza le había otorgado la gracia de la vida... Por eso la espada que se había alza do con aquel reflejo siniestro había volteado tres veces alrededor de su cabeza cómo el pájaro fúnebre alrededor de la de Turnus, pero no se había abatido sobre ella y había dejado intactas sus vértebras.
Por eso era que no había sentido ni dolor ni conmoción. Por eso, que el sol continuaba riendo en el medio cre azul, cierto, aunque muy soportable de las bóvedas celestes.
Cornelius, que había esperado a Dios y al panora ma tulípido del Universo, quedó realmente un poco decepcionado; pero se consoló haciendo jugar con cierto bienestar los resortes inteligentes de esa parte del cuerpo que los griegos llamaban trachelos y que nosotros denominamos modestamente cuello.
Y luego Cornelius esperó que la gracia sería comple ta, y que se le iba a devolver la libertad y sus platabandas de Dordrecht.
Pero en eso se equivocó, porque como decía por aquel tiempo madame De Sévigné, había un post scrip tum en la carta, y lo más importante de esta carta estaba encerrado en el post scriptum.
Por ese post scriptum, Guillermo, estatúder de Holanda, condenaba a Cornelius van Baerle a prisión perpetua.
No era demasiado culpable para la muerte, pero sí lo era para la libertad.
Cornelius escuchó, pues, el post scriptum, y luego, después de la primera contrariedad producida por la decepción que aquél aportaba, pensó:
«¡Bah! No se ha perdido todo. La reclusión perpe tua tiene algo de bueno.


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