El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.73
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¿En qué pensaba ese justo que iba a mo rir?
No era ni en sus enemigos, ni en sus jueces, ni en sus verdugos.
Era en los bellos tulipanes que vería desde lo alto del cielo, bien en Ceilán, bien en Bengala, bien más lejos, cuando sentado con todos los inocentes a la derecha de Dios, pudiera contemplar con piedad esta tierra donde habían degollado a los señores Jean y Corneille de Witt por haber pensado demasiado en la política, y donde iban a degollar al señor Cornelius van Baerle por haber pensado demasiado en los tulipanes.
«Cuestión de un golpe de espada -decía el filóso fo-, y mi bello sueño comenzará.»
Solamente quedaba por saber si como al señor De Chalais, al señor De Thou, y otras gentes mal ajusticia das, el verdugo no le reservaba más de un golpe, es decir, más de un martirio, al pobre tulipanero.
No por ello Van Baerle subió menos resueltamente los escalones del patíbulo.
Subió orgullosamente, porque lo estaba, de ser el amigo de aquel ilustre Jean y el ahijado de aquel noble Corneille que los bellacos, reunidos para verle, habían despedazado y quemado tres días antes y colgado en aquel mismo lugar.
Se arrodilló, rezó su oración, y observó no sin experimentar una viva alegría que al posar su cabeza sobre el tajo y manteniendo sus ojos abiertos, vería hasta el último momento la ventana enrejada de la Buytenhoff.
Por fin llegó la hora de hacer ese terrible movimiento: Cornelius posó su mentón sobre el bloque húmedo y frío. Pero en ese momento, a su pesar, sus ojos se cerraron para sostener más resueltamente el horrible alud que iba a caer sobre su cabeza y a engullir su vida.
Un destello brilló sobre el piso del patíbulo; el verdugo levantaba su espada.
Van Baerle dijo adiós al gran tulipán negro, seguro de despertarse diciendo buenos días a Dios en un mundo hecho de otra luz y de otro color.
Tres veces sintió pasar por su cuello tembloroso el viento frío de la espada.
Pero ¡oh, sorpresa!
No sintió ni dolor ni conmoción.
No vio ningún cambio de matiz.
Luego, de repente, sin saber por quién, Van Baerle se sintió levantado por unas manos bastante dulces y se encontró pronto sobre sus pies, un poco vacilante.
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