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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.72

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Luego, de una ojeada lanzada sobre la plaza por su pequeña ventana enrejada, percibió el patíbulo, y a veinte pasos del patíbulo, la horca, de la cual habían sido descolgadas por orden del estatúder, las reliquias ultrajadas de los dos hermanos De Witt.
Cuando se dispuso a descender para seguir a los guardias, Cornelius buscó con los ojos la mirada angelical de Rosa; pero no vio detrás de las espadas y las alabardas más que un cuerpo tendido al lado de un banco de madera y un rostro lívido medio velado por unos largos cabellos.
Pero al caer inanimada, Rosa, para seguir obedeciendo a su amigo, había apoyado su mano sobre su corpiño de terciopelo, a incluso en el olvido de toda vida, continuaba recogiendo instintivamente el precioso depósito que le había confiado Cornelius.
Y al abandonar el calabozo, el joven pudo entrever en los dedos crispados de Rosa la hoja amarillenta de aquella Biblia sobre la que Corneille de Witt había escrito tan penosa y dolorosamente aquellas líneas que, si Cornelius las hubiese leído, habrían salvado infaliblemente a un hombre y a un tulipán.

El Tulipán Negro
XII La Ejecución
Cornelius no tenía que dar más de trescientos pasos fuera de la prisión para llegar al pie del patíbulo.
Al final de la escalera, el perro lo miró pasar tranquilamente; Cornelius creyó incluso observar en los ojos del moloso una cierta expresión de dulzura que lindaba con la compasión.
Tal vez el perro conociera a los condenados y no mordiera más que a los que salían libres.
Se comprende que cuanto más corto fuera el trayecto de la puerta de la prisión al pie del patíbulo, más lleno estuviera de curiosos.
Eran aquellos mismos que, mal apagada la sed de sangre de la que habían bebido ya tres días antes, espe raban una nueva víctima.
Así, apenas apareció Cornelius, un aullido inmenso se prolongó por la calle, se extendió por toda la superficie de la plaza, y se alejó en diferentes direcciones, por las calles que conducían al patíbulo, y que la muche dumbre llenaba.
De este modo, el patíbulo parecía una isla que estuviera batida por el oleaje de cuatro o cinco tumultuosos ríos.
En medio de aquellas amenazas, de esos aullidos y de estas vociferaciones, para no oírlas, sin duda, Corne lius se había absorbido en sí mismo.


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