El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.71
Indice General
|
Volver
Página 71 de 180
¡Dios me halle en gracia y a ella en salud!
CORNELIUS VAN BAERLE.
Luego, devolviendo la Biblia a Rosa:
-Leed -dijo.
-Ya os he dicho -respondió la joven- que, por desgracia, no sé leer.
Entonces Corne lius leyó a Rosa el testamento que acababa de hacer.
Los sollozos de la pobre niña se redoblaron.
-¿Aceptáis mis condiciones? -preguntó el prisionero sonriendo con melancolía y besando la punta de
los dedos temblorosos de la bella frisona. -¡Oh! No sabría, señor -balbuceó ella. -No sabríais, niña mía, y ¿por qué? -Porque hay una condición que no podría mantener. -¿Cuál? Creo, sin embargo, haber hecho lo conveniente para nuestro tratado de alianza. -¿Me dais vos los cien mil florines a título de dote? -Sí.
-¿Y para casarme con el hombre que ame?
-Sin duda.
-¡Pues bien!, señor, ese dinero no puede ser para mí. No amaré jamás a nadie y no me casaré.
Y después de estas palabras penosamente pronunciadas, Rosa dobló las rodillas y estuvo a punto de desmayarse de dolor.
Cornelius, asustado al verla tan pálida y desfallecida, iba a cogerla en sus brazos, cuando un paso pesado, seguido de otros ruidos siniestros, sonó en las escaleras acompañado por los ladridos del perro.
-¡Vienen a buscaros! -exclamó Rosa retorciéndose las manos-. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Señor, ¿no tenéis nada más que decirme?
Y cayó de rodillas, con la cabeza hundida en sus brazos, y completamente sofocada por los sollozos y las lágrimas.
-Tengo que deciros que guardéis celosamente vuestros tres bulbos y los cuidéis según las prescripcio nes que os he dado, y por mi amor. Adiós, Rosa.
-¡Oh, sí! -murmuró ésta, sin levantar la cabeza-. ¡Oh, sí! Haré todo lo que vos habéis dicho. Excepto casarme -añadió por lo bajo-. Porque esto, ¡oh!, esto, lo juro, es para mí una cosa imposible.
Y hundió en su seno palpitante el querido tesoro de Cornelius.
Este ruido que habían oído Cornelius y Rosa, era el que hacía el carcelero que volvía a buscar al condenado, seguido del ejecutor, de los soldados destinados a la guardia del patíbulo, y de los curiosos habituales de la prisión.
Cornelius, sin debilidad, pero sin fanfarronería, los recibió como amigos más que como perseguidores y se dejó imponer las condiciones que quisieron aquellos hombres para la ejecución de su oficio.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-180
|